Imagínate un equipo en el que sus miembros cargan traumas no resueltos, desconfianzas mutuas y objetivos que chocan más de lo que se alinean. No, no es una reunión de trabajo típica, es la esencia de un equipo “B” del universo Marvel, conocido como los Thunderbolts, un grupo de antihéroes que colaboran por obligación, no por convicción. Esta representación ficciónal resuena con una realidad preocupante en el ámbito laboral contemporáneo.
Al observar la dinámica de muchos equipos de trabajo, es común encontrar una simbiosis de desconfianza, agendas individuales en conflicto y estilos de liderazgo autoritarios. A pesar del discurso en torno a la colaboración y las sinergias, muchos grupos funcionan más como un escuadrón improvisado, con las contribuciones individuales que a menudo priman sobre un verdadero esfuerzo colectivo.
Contrastando con esto, los Avengers funcionan como un equipo de alto desempeño, con objetivos claros y la integración de las fortalezas de cada miembro. Aunque también enfrentan sus propios desafíos personales, han aprendido a reconocer y gestionar sus conflictos, integrando sus diferencias en una identidad grupal. Aquí radica uno de los errores más frecuentes en la gestión de talento: asumir que simplemente reunir personas equivale a formar un equipo. En realidad, un equipo necesita propósito, reglas de convivencia, confianza y, sobre todo, un liderazgo que inspire y apoye, no que administre y controle.
Un relevante dato de Gallup indica que solo el 18% de las personas a nivel global cree que sus jefes impactan positivamente en sus vidas. Esto sugiere una clara necesidad de repensar el papel del liderazgo en el ambiente laboral, ante una cultura que a menudo miscredita el error y subvierte la colaboración.
Además, según el Wokmonitor 2025 de Ranstad, el sentido de pertenencia ha adquirido una relevancia notable, con un 60% de los trabajadores considerando que es un factor determinante para dejar un empleo. Este anhelo de pertenecer a una comunidad supera el mero deseo de tener un trabajo, como lo afirma el 83% de la población.
En esta perspectiva, la realidad revela que muchos operamos más como los Thunderbolts, perpetuando una cultura que premia a los individuos superestrella en lugar de fomentar vínculos sólidos y colaborativos. Sin embargo, cuando se forma realmente un equipo, los resultados multiplican. Esto no se logra mediante decretos, sino a través de un esfuerzo intencional por construir y cuidar el entorno laboral.
En lugar de enfocarse en talleres de “team building”, es crucial preguntarse si realmente estamos creando espacios que fomenten una colaboración genuina. La verdadera colaboración ocurre cuando cada integrante siente que su voz es importante y que su trabajo tiene un propósito mayor.
En este contexto, un buen equipo no es producto de la casualidad ni del despliegue de una presentación espectacular. Se trata de una construcción deliberada, estratégica y abierta a la vulnerabilidad. Si continuamos operando como los Thunderbolts, no debemos esperar resultados extraordinarios; ni tampoco conquistar el universo laboral ni cumplir con nuestros objetivos trimestrales.
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