Tres años atrás, un padre se vio inesperadamente inmerso en un mundo que, a primera vista, le resultaba ajeno: el de un concierto de Nick Jonas, uno de los hermanos Jonas. A pesar de que el evento coincidía con un día complicado, lleno de preocupaciones laborales, se aventuró a acompañar a sus hijos. Con la mente agitada por las responsabilidades del día, un momento junto a la música y la multitud lo llevó a una revelación inesperada.
En medio de miles de voces unidas entonando las mismas melodías, comenzó a experimentar una sensación de pertenencia. Aliviándose de sus pensamientos propios, se sumergió en la “efervescencia colectiva”, un concepto propuesto por el sociólogo Émile Durkheim en el siglo XIX, que describe cómo los individuos se dejan llevar por intensidades compartidas, restableciendo así los lazos sociales que a menudo se erosionan en la rutina diaria.
El fenómeno de la “efervescencia colectiva” sugiere que el estar juntos en un mismo espacio —bailando al compás de la misma música— es fundamental para sanar las conexiones interpersonales. Esa noche, el padre reflexionó sobre cómo, a través de la danza sincrónica, no solo se forma un sentido de comunidad, sino que también se abre la puerta a la cooperación entre diferentes grupos demográficos.
A medida que la música continuaba, se hizo evidente que los conciertos tienen una cualidad distintiva frente a otros eventos sociales, como competiciones deportivas. La vibración compartida, capaz de unir a quienes sostienen diversas creencias, actúa, sorprendentemente, como un alivio para las tensiones del mundo moderno.
Sin embargo, hoy en día, las oportunidades para experimentar esta conexión se están reduciendo drásticamente. La industria del entretenimiento nocturno tiene fama de que “los móviles han arruinado la pista de baile”, ya que las distracciones digitales han surgido como barreras que impiden la inmersión total en la experiencia compartida. Esta fragmentación cultural ha llevado a un alarmante aumento en los sentimientos de soledad, un problema que algunos estudios equiparan a los riesgos asociados al tabaquismo, según el ex cirujano general de EE. UU., Dr. Vivek Murthy.
La pandemia de COVID-19, que cerró lugares de música en vivo, debería haber actuado como un campanazo de alerta. La necesidad de experimentar la música en vivo y la efervescencia colectiva de nuevo se volvió más claro que nunca, poniendo de relieve un vacío en nuestras vidas que va más allá del simple disfrute de un espectáculo.
Es imperativo que comencemos a valorizar y sacrificar parte de ese hedonismo asociado con los eventos en vivo. Pronto, los espacios donde se cultiva un sentido de pertenencia deberían ser considerados activos de salud pública. La danza, en su esencia más pura, nos conecta con lo primitivo, con aspectos de nuestra humanidad que no pueden ser replicados por ninguna aplicación o algoritmo.
Con esta reflexión en mente, un padre se encuentra de nuevo realizando planes para asistir a un concierto de Nick Jonas, evidenciando cómo la conexión a través de la música y el baile puede transformarse en una necesidad vital, sin importar el cambio en los gustos de sus hijos.
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