Esta serie de la plataforma tiene un indudable atractivo cuqui, pero que no te engañen las apariencias: es una ficción postapocalíptica en la forma de un oscuro cuento con reflexiones muy interesantes sobre el mundo en que vivimos, en plena crisis sanitaria y económica. Por no hablar de amenazas previas, como el cambio climático o el auge de la extrema derecha… A Netflix le gustan mucho este tipo de producciones, entre la ciencia ficción, el fantástico y la distopía, un subgénero muy popular en los últimos años. Mientras asistimos a la descomposición de nuestra realidad sociopolítica, las ficciones nos permite fabular sobre nuestro futuro.

La ficción nos traslada a una realidad en la que un virus está matando a la población (¿te suena?), y en pleno caos sanitario, sucede un extraño evento: los bebés empiezan a nacer como híbridos entre humanos y animales. ¿Cuál es la relación entre ambas cosas?
La gran virtud de Sweet Tooth: El niño ciervo, creada por Jim Mickle (El lado siniestro de la luna, Hap y Leonard), es la maestría con la que maneja y combina los diferentes tonos dramáticos. La original y sorprendente premisa nos permite acceder a esta historia como si fuera un cuento (Josh Brolin es el narrador), pero utiliza esos elementos entrañables solo cuando le interesa.
En realidad, como te decíamos, Sweet Tooth es relato postapocalíptico sobre la supervivencia y la humanidad en un mundo profundamente roto. En los tres primeros capítulos, Gus y Jepp (Nonso Anozie) inician un viaje en el que el primero descubrirá que el mundo es mucho más salvaje de lo que su padre le enseñó (y eso que vivían en el bosque), pero que a veces merece la pena exponerse. Y en su camino encontrarán diferentes personajes, paralelamente al relato centrado en la plaga vírica. ¿Qué tiene que hacer el doctor Singh para encontrar la cura, que salvará además a su esposa? ¿Qué límites está dispuesto a cruzar?


