El Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena (LTCI), nacido el 1º de septiembre de 1989 en la comunidad maya de Xocén, Yucatán, es un claro ejemplo de cómo el arte puede florecer incluso en medio de adversidades. Con 36 años de historia, este laborioso proyecto escénico ha desarrollado sus raíces profundamente en la tierra, las luchas sociales y la identidad de sus comunidades.
Bajo la dirección de Delia Rendón, una figura clave desde sus inicios, el LTCI no solo ha enfrentado desafíos políticos que podrían haberlo debilitado, sino que ha encontrado formas innovadoras de mantenerse relevante. Este laboratorio, fruto del esfuerzo compartido entre actores, dramaturgos y productores, promueve un modelo en el que todos los participantes desempeñan múltiples roles. “Aquí todos hacen todo”, afirma Rendón, destacando la esencia colaborativa que impulsa cada producción.
A lo largo de los años, el LTCI ha experimentado un notable crecimiento, pero no sin dificultades. Después de ser forzados a trasladarse de Tabasco a Yucatán en 1988 por razones políticas, el laboratorio logró adaptarse gracias al apoyo de figuras clave en la comunidad, como Julieta Campos. Este espíritu de resiliencia ha permitido que la práctica teatral evolucione en diferentes espacios, convirtiendo la formación en un proceso integral que va más allá de simplemente actuar. Cada estudiante debe presentar exámenes finales que ellos mismos diseñan y dirigen, lo que fomenta un aprendizaje activo y creativo.
Sin embargo, la pandemia de COVID-19 trajo consigo una serie de retos significativos. El LTCI, que antes contaba con una matrícula de 300 participantes activos, ha visto disminuir su número debido a cambios en el acceso a la educación y a la digitalización obligada. Los jóvenes, alejado del teatro, han vuelto a enfrentarse a nuevos hábitos formados por el uso excesivo del celular.
A pesar de los obstáculos, el LTCI sigue siendo un espacio vital para la formación artística en Yucatán. La comunidad sigue vibrante, recibiendo a niños, adolescentes y adultos, quienes encuentran en el teatro una forma de expresión y comunidad. La diversidad de sus participantes enriquece cada montaje, que abarca desde temas sociales hasta celebraciones culturales.
En promedio, el laboratorio prepara tres producciones al año, un ritmo que refleja las dificultades estructurales actuales. La Secretaría de Cultura federal ofrece cierto respaldo, pero el LTCI sigue buscando financiamiento que les permita continuar operando. “Vamos dando tumbos”, señala la directora.
Desde sus inicios, el LTCI ha proporcionado a la comunidad maya un espacio para crear y expresar sus realidades. Sus montajes han viajado por diversos festivales, consolidándose como una parte fundamental del patrimonio cultural intangible de Yucatán desde 2021. Este laboratorio no solo es un lugar de enseñanza; es un refugio, un hogar donde el arte se convierte en un derecho y una herramienta de autodefinición que invita a todos a ser parte de una experiencia creativa sin barreras.
La historia del LTCI continúa, enriqueciendo comunidades y ofreciendo un espacio en el que la voz de cada individuo es celebrada y respetada, recordándonos la vital importancia del arte como vehículo de transformación social y cultural.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


