El 16 de enero de 2026, un nuevo sismo sacudió la Ciudad de México, resonando con ecos de eventos pasados que han dejado una huella imborrable en la memoria de sus habitantes. Trece días después del temblor inicial del 2 de enero, las alarmas sonaron nuevamente, y el miedo se reinstaló en la psique colectiva, resultando en un sobresalto palpable entre residentes, recordando aquellos días oscuros de 1985.
Los epicentros de este sismo se ubicaron en Oaxaca y Guerrero, reavivando el miedo que muchas personas aún guardan sobre la vulnerabilidad de la capital. La transformación de la infraestructura urbana ha avanzado lentamente, en un intento por mitigar el daño que estos fenómenos pueden ocasionar. Sin embargo, los fantasmas del sismo de 2017, que arrastró consigo un sinfín de desastres colaterales, continúan presentes. Lo que alguna vez fueron calles seguras se han convertido en zonas donde los riesgos son palpables, a medida que los asentamientos irregulares proliferan, especialmente en áreas donde los viejos palacios solían dominar el paisaje.
El cambio climático, manifestado en golpes de frío intenso y lluvias atípicas, resuena en el trasfondo de esta realidad. Estas alteraciones han suscitado preocupaciones no solo sobre la emergencia inmediata, sino también sobre el futuro económico del país. A pesar de las promesas de desarrollo provenientes de líderes como Marcelo Ebrard, que hoy se presenta como un experto en comercio exterior, la incertidumbre persiste en el aire.
La inquietud colectiva siempre surge después de un temblor: ¿Todos están bien? Sin embargo, la pregunta es más profunda, pues alude a una realidad donde las comunidades afectadas por los sismos suelen invisibilizarse. Las pérdidas, tanto humanas como materiales, a menudo son minimizadas, y la atención pública, si bien existe, tiende a focalizarse de manera efímera, con una cobertura mediática que rara vez profundiza en las verdaderas dimensiones de la tragedia.
Este año ha traído consigo tragedias multidimensionales: accidentes, negligencias y un sordo silencio que acompaña a la memoria de aquellos que han sido olvidados. Las lecciones de la historia, desde el desastre de 1985 hasta los reciente eventos, nos revelan la voluntad resiliente de una población dispuesta a levantarse. A pesar de los desafíos, la Ciudad de México demuestra una tenacidad admirable, aferrándose a la esperanza de que siempre hay espacio para las segundas oportunidades.
En este contexto, la globalización redefine constantemente la realidad económica del país. El término “Tercer Mundo”, acuñado en épocas pasadas con propósitos políticos, ha evolucionado en su significado, connotando no solo el retraso y la pobreza, sino también la resiliencia y la capacidad de superar adversidades. El trayecto hacia un futuro más próspero, aunque complicado, es una lucha constante en medio de las sombras que nos rodean.
Así, mientras el eco de los temblores continúa resonando en la memoria de los mexicanos, el país avanza, no sin tropiezos, hacia un mañana donde la fuerza de su gente allana el camino hacia la construcción de nuevas esperanzas.
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