El fin de la invasión rusa en Ucrania ha sido claro desde el principio: liquidar el estado ucraniano y promover una rusificación forzada del país, un objetivo que el presidente Vladimir Putin ha articulado públicamente en múltiples ocasiones. En su manifiesto de 2021, Putin describió a los rusos y ucranianos como un solo pueblo, afirmando que la Ucrania moderna era un constructo de la Rusia bolchevique y comunista. Por lo tanto, la eliminación del estado ucraniano se presentaba como una necesidad.
Cuatro años y medio después del inicio de esta guerra, Ucrania no solo persiste, sino que se mantiene firme ante los ataques rusos. Sin embargo, la resolución de Moscú sigue siendo la misma: eliminar la identidad ucraniana. Proyectando ejemplos de esta estrategia, recientemente el ejército ruso llevó a cabo una serie de bombardeos que destruyeron monumentos de gran valor cultural e histórico. El monasterio de Pechersk Lavra, de más de mil años de antigüedad y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, así como el Mystetskyi Arsenal y los estudios de cine Dovzhenko, fueron objetos de esta agresión sistemática.
Los datos disponibles hasta mayo de 2026 indican que un total de 1,783 sitios de patrimonio cultural han sido destruidos o dañados desde el comienzo de la invasión, según el Ministerio de Cultura de Ucrania. De estos, 161 son considerados de importancia nacional y 1,460 de importancia local. Además, se han reportado 46 monumentos patrimoniales totalmente destruidos. Esta destrucción, que algunos describen como industrial y sistemática, tiene como objetivo despojar a Ucrania de su legado cultural.
El enfoque de Rusia resuena con la historia de imperialismo, donde las culturas y los patrimonios ajenos se convierten en blancos estratégicos. Del mismo modo que el Estado Islámico buscaba borrar la memoria histórica de sus territorios ocupados, los ataques rusos parecen dirigidos no solo a destruir, sino a reclamar una narrativa que niegue la existencia de una identidad ucraniana.
En los cuatro años de conflicto, se han contabilizado hasta 600 ataques a templos cristianos en Ucrania, lo que contradice la imagen que Rusia intenta proyectar como “defensor de la cristiandad”. La Catedral de la Transfiguración en Odesa es solo uno de los numerosos ejemplos emblemáticos de esta contradicción.
El acto de destruir patrimonio cultural no es casual. Un estudio del Instituto Smithsoniano indica que los objetos culturales tienen un 20% más de probabilidades de ser destruidos que otros edificios civiles como hospitales. Esto insinúa un patrón deliberado en la estrategia de ataque de Rusia, que busca despojar a Ucrania de su historia para justificar una narrativa imperialista.
Entre los muchos ataques recientes, el bombardeo del monasterio de Pechersk Lavra fue defendido por Moscú como resultado de un misil defectuoso. Sin embargo, evidencias han demostrado que se utilizaron drones rusos, lo que pone de manifiesto la falta de veracidad detrás de las justificaciones del régimen ruso.
Amr Al-Azm, arqueólogo y experto en patrimonio, ha señalado que la diferencia entre la destrucción perpetrada por el Estado Islámico y la de Rusia radica en la intención: mientras que el primero buscaba borrar toda huella del pasado, Rusia intenta apropiarse de la memoria cultural ucraniana, realizando una guerra contra la memoria misma.
Esta situación, con su contexto desgarrador y sus cifras alarmantes, continúa evolucionando. La comunidad internacional observa con atención lo que sucede en Ucrania, un país que, a pesar de los intentos de borrarlo del mapa, sigue resistiendo. La defensa de su identidad cultural y su patrimonio es esencial en esta lucha interminable.
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