El 10 de agosto de 2026, un terremoto de magnitud 7.4 estremeció las regiones occidentales de Colombia, dejando a su paso una devastación que ha marcado un nuevo hito en la historia del país. Con más de 200 vidas perdidas y más de 1,600 edificaciones dañadas, la tragedia ha sido un duro golpe para una nación que ya enfrenta múltiples desafíos.
El epicentro del sismo se localizó en San José del Palmar, en Chocó, una de las zonas más empobrecidas del país. A las 7:34 a.m., el temblor se sintió con intensidad en ciudades cercanas como Manizales, Pereira y Cali, trayendo consigo una serie de más de 45 réplicas que se registraron el mismo día. Además de la impactante cifra de fallecidos, más de 1,400 personas resultaron heridas, dejando a miles más en estado de desplazamiento o desaparecidos. En respuesta a esta catástrofe, el flamante presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, recién asumido el cargo el 7 de agosto, declaró el estado de emergencia nacional.
Una de las imágenes más desgarradoras de la jornada fue el colapso de una de las torres laterales de la emblemática Catedral Basílica de Nuestra Señora del Rosario en Manizales. Este templo, que ha sido un símbolo de identidad y devoción para los habitantes de la ciudad, fue construido en estilo neogótico y reemplazó a una catedral anterior que se perdió en incendios en 1925 y 1926. Con una altura de 119 metros, es la iglesia más alta de Colombia y cada año atrae a miles de visitantes que se aventuran a subir sus 395 escalones para disfrutar de una vista panorámica de la ciudad.
Gonzalo Duque-Escobar, profesor en la Universidad Nacional de Colombia y oriundo de Manizales, expresó su angustia por la tragedia que ha afectado a la que describió como “la atracción más visitada de la ciudad”.
La catedral, que había sido rehabilitada tras sismos ocurridos en 1962 y 1979, era considerada un ejemplo de resiliencia y patrimonio arquitectónico, destacándose por sus 141 vitrales importados de Francia, Italia y los Países Bajos. En 1984, recibió la declaración de monumento nacional, fiel reflejo del carácter histórico y cultural que posee.
Queda claro que la devastación no se limitó a Manizales. En Pereira, el 10 de agosto, la cúpula de la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen se desplomó sobre el atrio, un hecho que también fue amplificado en redes sociales. En Cali, la Catedral de San Pedro Apóstol y otras iglesias sufrieron daños significativos. En respuesta, las autoridades locales impusieron un toque de queda en Manizales, Pereira y Cali para evitar saqueos. En Cali, el despliegue militar se hizo necesario en las zonas más afectadas, mientras las escuelas fueron suspendidas indefinidamente.
A medida que se evalúan los daños, la Encuesta Geológica Colombiana ha catalogado este evento como el terremoto más poderoso registrado en el país durante este siglo, impactando no solo a monumentos históricos sino también a edificios gubernamentales y miles de hogares. Los aeropuertos de Manizales, Pereira y otras localidades cercanas han suspendido el tráfico aéreo comercial.
El sismo también fue percibido en naciones vecinas como Venezuela y Ecuador, donde la inquietud por la seguridad y el bienestar de sus poblaciones es palpable, especialmente después de unas semanas marcadas por terremotos recientes que causaron más de 6,300 muertes en Venezuela.
En la trágica estela de esta calamidad, el país se enfrenta a un largo camino de reconstrucción y resiliencia, con la esperanza de que la solidaridad y el apoyo mutuo prevalezcan en estos tiempos difíciles.
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