Si hiciéramos una encuesta y preguntáramos a un número significativo de personas cuál es la lógica por la que creen que se rige la actividad política, me atrevería a apostar que la gran mayoría respondería que para aquellos políticos que no lo tienen se trata de alcanzar el poder, y para los que ya lo disfrutan se trata de mantenerlo. Tal vez el único matiz que diferenciaría a un sector de los encuestados del resto sería que algunos de ellos —los que todavía no han perdido por completo la fe en la política— consideran que la mencionada lógica es un medio para poder llevar a cabo determinadas transformaciones, mientras que el resto, mucho más escéptico, entiende que constituye un fin en sí mismo.
Transfuguismo, mociones de censura, insultos. El bucle vicioso de la política española no tiene fin
El problema de una respuesta de este tipo no es que no pueda contener alguna parte de verdad, sino que se pueda llegar a considerar una respuesta mínimamente satisfactoria. Para dejar clara esta valoración bastará con un sencillo ejemplo. Si alguien pretendiera explicarnos el funcionamiento del fútbol diciéndonos que se trata de ganar y, para los equipos que ya lo han conseguido, de seguir ganando, probablemente le replicaríamos que su afirmación es obvia, trivialmente verdadera, pero que ni se aproxima a describir la sustancia del juego y ya no digamos las razones por las que se ha convertido en un espectáculo que atrae a millones de espectadores de todo el mundo.
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Para explicar todo esto no es suficiente con señalar los objetivos últimos que orientan la práctica de este deporte, sino que se precisa describir la naturaleza de la misma. El objetivo último explica, en efecto, la alegría o la decepción del aficionado al final del partido, pero no la razón por la que permanece clavado en la grada o ante el televisor casi dos horas, y menos su entusiasmo o su enfado por el juego que está viendo. Llama la atención que la respuesta que en el caso del fútbol resultaría ostentosamente insatisfactoria suela darse por buena al hablar de política.
Porque de optar por una u otra respuesta (la simple o la compleja, por resumir) se desprenden consecuencias no menores. Así, cualquier aficionado al balompié mínimamente informado suele tener sus hipótesis explicativas del buen o mal juego del equipo, se siente capaz de señalar los motivos de un resultado concreto (la táctica empleada, la forma de los jugadores, la experiencia en alta competición, la capacidad del entrenador para motivar a la plantilla…) y, en consecuencia, cree estar en condiciones de dar cuenta de la obtención o no del objetivo previsto. Esto mismo, en cambio, no parece estar claro en el caso de la política, donde la lógica de funcionamiento propiamente dicha parece o no existir, o ser el secreto mejor guardado.


