La manera de operar de Bofill se asemeja a la de un realizador de ciencia ficción, no solo por diseñar posibles escenarios futuros sino porque se sirve de deslumbrantes recursos expresivos para intensificar exponencialmente la experiencia del vecino residente. De gran densidad edificatoria, lo primero que sorprende de Abraxas desde el exterior es su ensimismamiento: una manzana urbana de pequeño tamaño replegada sobre sí misma, con una apariencia compacta, uniforme y hermética. Compuesto por tres edificios con fachadas de orden dórico gigante, el conjunto se abre hacia el interior aislándose del entorno.
Las tres partes se relacionan visualmente utilizando un lenguaje común, aunque cada una con una característica diferenciada: el Palacio, con tímpanos partidos a 90 grados, fustes que no llegan al suelo y estrechas calles internas de comunicación donde apenas llega la luz natural; el Teatro, con los grandes pilares dóricos acristalados, y el Arco, un pequeño templete que se sitúa entre ambos, dividiendo el espacio con un propósito claramente escenográfico. Entre los dos, una plaza a modo de anfiteatro griego desciende gradualmente con el Arco como telón de fondo.
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El arquitecto adopta los modos del nuevo estilo que estaba surgiendo en todo el mundo, recurriendo a elementos clásicos y jugando con su escala, monumentalidad y dramatismo: un guiño también al Barroco y la polifonía de puntos de vista.


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