La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (SSPX), conocida popularmente como lefebvrista, ha llevado a cabo un acto de desacato a la autoridad papal el 1° de julio de 2026 al consagrar cuatro nuevos obispos sin la debida autorización del Vaticano. Este acto, considerado cismático por las autoridades eclesiásticas, conlleva la excomunión automática tanto para los obispos consagrados como para aquel que los ha ordenado.
La ceremonia se celebró en Écône, Suiza, donde la Fraternidad tiene su seminario principal, atrayendo a miles de fieles de diversas partes del mundo. La misa, en latín y con una duración de aproximadamente cuatro horas, se llevó a cabo con sacerdotes oficiando de espaldas a la congregación, en un estilo que rememora las prácticas anteriores al Concilio Vaticano II, que es precisamente lo que este grupo tradicionalista defiende.
Durante la ceremonia, un sacerdote leyó un comunicado justificando la consagración de obispos como una defensa de la fe y criticando a la Iglesia actual por alejarse de la tradición. “Consideramos que es un deber sagrado hacia la Santa Iglesia y hacia las almas proceder con la consagración de obispos que sean enteramente fieles a su santa tradición y a su magisterio constante”, proclamó el sacerdote, desestimando cualquier eventual pena o censura que pudiera derivarse de este acto.
Los nuevos obispos consagrados son: los franceses Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier, el suizo Pascal Schreiber y el estadounidense Michael Goldade. La consagración fue presidida por Alfonso de Galarreta, uno de los obispos ya existentes en la Fraternidad, quien también fue consagrado sin la autorización papal en 1988.
La decisión de proceder con estas ordenaciones era esperada, dado que, desde febrero, la Fraternidad había anunciado su intención de seguir adelante a pesar de las advertencias del Vaticano. En un intento desesperado por evitar la crisis, el Papa León XIV envió una carta al superior general del grupo, el sacerdote italiano Davide Pagliarani, solicitando encarecidamente que reconsideraran su decisión, calificando la consagración como un “acto cismático” y advirtiendo que podría resultar un “pecado de extrema gravedad”. Sin embargo, el llamado no fue escuchado.
En su homilía, Pagliarani defendió la posición de la Fraternidad, indicando que la fe es el vínculo que une a sus miembros a la Iglesia, y que la consagración era necesaria. Otros miembros insistieron que no se trataba de un acto de rebeldía, sino de un gesto por amor a la Iglesia.
La Fraternidad justificó su acción con la invocación de un “estado de necesidad”, argumentando que solo contaba con dos obispos vivos y que era vital incrementar su número para garantizar la continuidad de su labor. Según sus estimaciones, tienen presencia en más de 75 países, con unos 750 sacerdotes y alrededor de 600.000 fieles en todo el mundo, aunque siguen siendo un grupo marginal dentro de una Iglesia católica de 1.300 millones de creyentes.
Según el derecho canónico, consagrar obispos sin autorización del Papa es un acto que automáticamente conlleva la excomunión. Expertos y analistas han señalado que, si bien la Fraternidad busca conservar la tradición, desobedecer a la Iglesia contradictoriamente cuestiona su propia fundamentación.
La historia se remonta a 1988, cuando Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad, realizó un acto similar al consagrar a cuatro obispos sin la debida autorización, resultando en la excomunión inmediata de aquellos involucrados. En un giro de los acontecimientos más reciente, en 2009, el Papa Benedicto XVI levantó la excomunión a los obispos sobrevivientes, buscando un acercamiento, y el Papa Francisco, desde 2015, ha reconocido la validez de ciertos sacramentos administrados por la Fraternidad. Sin embargo, este nuevo cisma podría poner en entredicho las concesiones previas realizadas por la Iglesia.
En cuanto a la respuesta del Vaticano a la reciente consagración, aún no se ha emitido un decreto formal que confirme las excomuniones, aunque estas son automáticas según la legislación canónica. Mientras el Papa León XIV ha enfatizado la búsqueda de la unidad dentro de la Iglesia, queda claro que se enfrenta a uno de los desafíos más significativos con el mundo tradicionalista desde su ascenso al pontificado en 2023. La carta del Papa, aunque advertida, deja entrever una posible apertura al diálogo, sugiriendo que la Iglesia está dispuesta a buscar un camino hacia el entendimiento que pueda resultar fructífero, aunque la situación actual parece más tensa que nunca.
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