La relación entre la Unión Europea (UE) y China ha sido, históricamente, un entramado de colaboración, competencia y tensiones. En 2019, la Comisión Europea etiquetó a China como un “socio estratégico”, a la vez que lo definió como “competidor económico” y “rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobernanza”. Desde entonces, el clima de las relaciones ha empeorado considerablemente, especialmente debido a la controversia sobre el origen de la pandemia de COVID-19 y la postura de Pekín respecto a la guerra en Ucrania.
Con el contexto internacional cambiando, el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca podría alterar nuevamente el tablero geopolítico. Su guerra comercial, orientada tanto hacia la UE como hacia China, podría, paradójicamente, ser la chispa que acerque a estos actores, fortaleciendo su capacidad de reacción ante la presión estadounidense. Varios analistas sugieren que podríamos estar ante un “reseteo” de relaciones entre Bruselas y Pekín, aunque las dinámicas actuales lo hacen incierto.
Ese “reinicio” de la interacción no es un fenómeno nuevo. La UE, bajo el liderazgo de Ursula von der Leyen y Emmanuel Macron, ha estado explorando esta posibilidad desde hace al menos dos años. En abril de 2023, ambos líderes visitaron China con el propósito explícito de renovar los lazos diplomáticos. Además, desde 2017, durante el primer mandato de Trump, la UE ya contemplaba un reequilibrio en su enfoque hacia China, aunque esta estrategia no cosechó resultados tangibles en su momento.
La pregunta que surge ante esta nueva fase es compleja: ¿se trata de un cambio genuino y no solo de un juego de palabras? Y, aún más importante, ¿qué están dispuestos ambos actores a ceder para mejorar la relación?
Sin embargo, los obstáculos para una cooperación real son notables. China, con una percepción de debilidad y división dentro de la UE, tiende a considerar que sus gestos son suficientes para atraer a Europa a su esfera de influencia, como el reciente levantamiento de sanciones contra eurodiputados en respuesta a las medidas europeas por violaciones de derechos humanos en Xinjiang. La reciente designación de Lu Shaye, conocido por su estilo agresivo, como enviado especial para las relaciones con Europa, resalta esta percepción.
Desde la perspectiva de Bruselas, existen múltiples razones que dificultan un verdadero reinicio en las relaciones. Una de las principales es la estrecha vinculación entre Pekín y Moscú, acentuada por la participación de Xi Jinping en eventos significativos, como el desfile militar en Rusia. Esto ha llevado a la alta representante para Asuntos Exteriores de la UE, Kaja Kallas, a afirmar claramente que “China es el principal facilitador de la guerra de Rusia”.
Frente a estos desafíos, Bruselas necesita adoptar un enfoque pragmático en su relación con China. Esto implica encontrar un equilibrio que les permita abordar los problemas derivados de la política comercial estadounidense sin sacrificar sus propios valores e intereses. La UE debe estar alerta ante los riesgos que plantea la inversión china en sectores estratégicos y tecnológicos, así como en áreas que podrían comprometer la protección de datos.
Lo que se observa en este panorama no es un cambio radical, sino más bien un ajuste táctico. La Comisión ahora habla de construir una relación “transaccional” y fomentar un “compromiso constructivo” con China, buscando ampliar las opciones de Bruselas frente a los Estados Unidos, pero sin perder de vista la necesidad de reducir riesgos en estas relaciones.
Esta información corresponde a la fecha de publicación original (2025-05-23 19:01:00).
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