A un año del inicio de su segundo mandato, el presidente Donald Trump ha cimentado un estilo de gobierno caracterizado por un enfoque más confrontativo y concentrado en el poder. Este nuevo rumbo ha generado una notable polarización interna, tensiones entre las instituciones y una política exterior que se guía más por intereses transaccionales que por alianzas tradicionales.
En lugar de un colapso del sistema político estadounidense, se observa una tensión sostenida y controlada, según el análisis de Gildardo López, académico de la Escuela de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana. Trump ha aprendido a navegar el sistema político y ahora ejerce al máximo las atribuciones que le otorga el Ejecutivo, constantemente empujando los límites constitucionales. Si bien ha cuidado de no debilitar a las tres grandes instituciones, su estrategia se basa en la confrontación y la negociación continua.
Desde el punto de vista económico, Estados Unidos ha evitado la recesión que se temía hace un año, manteniendo un crecimiento moderado, alineado con la media global. Sin embargo, este desempeño macroeconómico contrasta con la percepción ciudadana; el costo de la vida ha aumentado, el mercado laboral se ha enfriado y la creación de empleos bien remunerados ha sido insuficiente. Esta situación alimenta una sensación de incertidumbre que impacta directamente en la popularidad presidencial.
La política exterior ha experimentado un giro aún más notable. Estados Unidos ha abandonado organismos internacionales, condiciona tratados y ha reducido su liderazgo normativo, basando su enfoque en una lógica de “dar y recibir”. Las antiguas alianzas con países europeos han sido relegadas, mientras que rivales históricos como Rusia y China son tratados con una pragmática cautela. Moscú se presenta como un socio tácito, mientras que Pekín es visto como un competidor con el que se negocia sin romper del todo las relaciones.
Los recientes acontecimientos, incluyendo la intervención en Venezuela, el interés estratégico en Groenlandia y la redefinición del hemisferio occidental bajo una versión fortalecida de la doctrina Monroe, reflejan una nueva geopolítica. Las políticas comerciales y arancelarias se han convertido en herramientas de presión, y la nueva estrategia de seguridad nacional prioriza recursos energéticos, minerales críticos e inteligencia artificial, fusionando así intereses empresariales con objetivos estatales.
En el contexto de México, esta transformación resulta en una relación bilateral marcada por la falta de reglas claras, donde predomina la presión constante sobre temas de seguridad, migración y combate al fentanilo. Esta situación se traduce en una negociación diaria dominada por la retórica interna estadounidense.
En el ámbito doméstico, las políticas migratorias, los ataques contra universidades, medios de comunicación y organismos reguladores, así como los intentos de debilitar a la Reserva Federal, han encendido luces de alerta sobre un posible desplazamiento del equilibrio entre poderes. A pesar de estos desafíos, las instituciones han mostrado resistencia, aunque cada vez más alineadas con la Casa Blanca.
Este panorama, que data del 20 de enero de 2026, presenta un complejo entramado donde las dinámicas de poder y las políticas internas y externas de Trump continúan configurando el destino de Estados Unidos y su lugar en el mundo, en un momento de profunda incertidumbre global.
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