Tras un arranque de película, Stefanos Tsitsipas sufre un colapso de una hora que le empuja hacia el precipicio hasta que por fin, recto de nuevo, repuesto de un par de golpes con sello alemán, enfila el camino adecuado y derriba definitivamente en la Chatrier a Alexander Zverev por 6-3, 6-3, 4-6, 4-6 y 6-3, en 3h 36m.
Tras unos tiempos de despiste –demasiadas horas atrapado en las redes sociales– y desmarcándose poco a poco de ese chico que irrumpió como un rayo y se atrapó luego él solito, de vaivén en vaivén y de arriba abajo –pecado de tantas y tantas promesas de ahora–, Tsitsipas viene ofreciendo señales luminosas desde el comienzo de la temporada; año, quizá, que pueda marcar un punto de inflexión para él.
No obstante, supo reaccionar. Se liberó. Otra señal de progresión. En la manga definitiva logró el break decisivo y pese a que el chico lograse abortar cuatro puntos de partido, apuntilló.
Antes de abatir a Zverev, estos días ha ido dejando a sus espaldas a Jérémy Chardy, Pedro Martínez, John Isner, Pablo Carreño y Daniil Medvedev. Apenas un achuchón contra el tercero; el resto un paseo lineal, sin magulladuras. Llegó al grande francés apoyado sobre cimientos sólidos, con los trofeos de Montecarlo (su primer Masters 1000) y Lyon bajo el brazo, y con un órdago a Nadal en la final del Godó que estuvo a un tris de concederle un tercer premio. Cada vez más centrado, siempre ambicioso, apunta a su primer major –el Masters de 2019 es su laurel más preciado– tras no haber podido sortear la barrera de las semifinales del año pasado, y de haber alcanzado también la penúltima ronda de Australia dos veces.


