La muerte de la ópera se ha representado casi con un aura litúrgica, marcando un hito en la historia musical. El 25 de abril de 1926, en el célebre teatro La Scala de Milán, Arturo Toscanini dirigió el estreno mundial de Turandot, una obra inacabada de Giacomo Puccini, quien falleció apenas 17 meses antes. En un momento memorable, Toscanini detuvo el espectáculo en la pausa del tercer acto y, dirigiéndose a la audiencia, declaró: “Qui finisce l’opera, perché a questo punto il maestro è morto” (“aquí termina la ópera, porque en este punto murió el maestro”), dejando la conclusión en las manos de Franco Alfano, cuyo final no se escucharía hasta la segunda función.
Cien años después, el dilema persiste: ¿cómo concluir lo inconcluso? La problemática se extiende tanto al ámbito musical como al dramático. La orquestación de Alfano carece de profundidad, lo que no facilita la incorporación de un final coherente, algo que ni siquiera Luciano Berio, en una versión posterior de 2002, pudo solventar. El reto principal radica en representar la transformación de la fría y despiadada princesa Turandot en una mujer vulnerable sin compromising su carácter heroico. Reinterpretaciones recientes, como las de Barrie Kosky en Ámsterdam (2022) y Sebastian Baumgarten en Zúrich (2023), han optado por la misma solución adoptada por Toscanini.
La reciente producción de Àlex Ollé, que se presentó el 3 de junio en el Palau de Les Arts, ha generado debate, especialmente en su controversial final. Ollé decide mantener la conclusión de Alfano, pero modifica el breve monólogo en el que Turandot reconoce su amor por Calaf, llevando a la protagonista a un trágico final en un contexto que desafía la lógica musical. Esto ha suscitado comparaciones con producciones anteriores, como la de Núria Espert en 1999, aunque aquí, el clímax musical de Nessun dorma contrasta drásticamente con la acción escénica.
El director musical Mark Elder también mostró incomodidad durante los saludos finales, no invitando al equipo escénico a compartir el aplauso que merecieron. Su dirección fue, de hecho, el rasgo más destacado de la producción. Elder aportó una interpretación precisa y completa de la partitura, resaltando tanto su modernismo como su carácter tardorromántico, logrando transiciones sonoras impactantes y un control narrativo admirable.
En el reparto, la soprano Carolina López Moreno brilló en el rol de Liù, destacándose por su interpretación emotiva, enriquecida por su trayectoria reciente. No obstante, los protagonistas de la noche, Ekaterina Semenchuk como Turandot y Gregory Kunde como Calaf, encontraron desafíos en la ejecución de sus papeles, aún así, lograron cumplir con las expectativas de sus personajes emblemáticos.
La escenificación del montaje comienza con un prólogo innecesario, pero a partir de ahí, la producción de Àlex Ollé capta con audacia el impacto visual que requiere la trama. Sin embargo, la dirección de actores dejó un poco que desear, a pesar de que los conjuntos se movieron eficazmente en un diseño escenográfico monumental, que evoca la deshumanización del pueblo y la jerarquía de poder.
La paradoja del final sigue siendo una cuestión abierta. Toscanini eligió detener la música para no traicionar la esencia del drama, mientras que Ollé preservó la euforia sonora, estableciendo una tensión entre la música y la acción escénica que invita a la reflexión. En este juego de contrastes, la música emerge como la verdadera voz que reclama su autoridad en la conclusión de Turandot.
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