El 11 de junio, Estados Unidos y China anunciaron un acuerdo que podría representar un nuevo capítulo en la prolongada guerra comercial que los opone. Sin embargo, a pesar de las declaraciones optimistas, este convenio se presenta, en el mejor de los casos, como un marco inicial. Aunque Donald Trump lo promociona como un logro significativo, no se trata de un tratado comercial formal y no implica un cambio estructural en la rivalidad económica entre ambos países. Este anuncio genera efectos contradictorios para México: por un lado, reafirma los beneficios que ha obtenido como una alternativa viable a China en las cadenas de suministro; por el otro, plantea interrogantes sobre la duración de esta ventaja.
Durante los últimos años, México ha sido uno de los principales beneficiarios del conflicto comercial entre Estados Unidos y China. Desde que se impusieron aranceles de hasta 145% a productos chinos, muchas empresas han optado por reubicar o ampliar su producción en territorio mexicano. Como resultado, las importaciones estadounidenses procedentes de México aumentaron un 38%, mientras que las de China sufrieron una caída del 35%. En 2024, México atrajo más de 35,000 millones de dólares en inversión extranjera directa vinculada al nearshoring.
Esta estrategia se ha convertido en la más utilizada por aquellas compañías que buscan abastecer el mercado estadounidense sin depender del continente asiático. Consecuentemente, México se ha posicionado como el segundo mayor exportador de productos electrónicos a Estados Unidos, destacándose inversiones en componentes, electrodomésticos y autopartes. A través del T-MEC, el país ha logrado evitar gran parte de los aranceles impuestos por Trump, beneficiándose de un trato preferencial que ha potenciado su atractivo para los inversionistas.
No obstante, este impulso no ha sido uniforme ni garantizado. Existen operaciones que se han visto frenadas por la incertidumbre global, y sectores como el textil aún lidian con la competencia de Asia. Además, la infraestructura mexicana enfrenta cuellos de botella que restringen un crecimiento sostenido en la industria manufacturera.
El nuevo acuerdo entre China y Estados Unidos, aunque limitado, podría tener repercusiones significativas. China se compromete a reanudar las exportaciones de tierras raras y componentes magnéticos, según se informa, a cambio de que Estados Unidos permita el regreso de estudiantes chinos a sus universidades. A corto plazo, esto podría aliviar la presión en sectores como el de los vehículos eléctricos y la defensa. Sin embargo, el grueso de los aranceles, que promedian un 55% para productos chinos, permanece vigente. Esa es la clave: lo que se observa es más una tregua temporal que una reapertura completa del comercio.
Esto significa que, por el momento, la ventaja de México continúa. Se espera que las exportaciones chinas a Estados Unidos se recuperen ligeramente en junio y julio; sin embargo, los motivos estructurales para la manufactura en México—como la proximidad geográfica, las reglas del T-MEC y un menor riesgo político—siguen presentes. Si el corredor interoceánico del Istmo de Tehuantepec se materializa con seriedad, podría convertir al sur del país en una nueva plataforma logística para abastecer a Norteamérica, incluso con inversión proveniente de Asia.
En resumen, el acuerdo entre China y Estados Unidos puede verse como una pausa táctica en su confrontación político-económica. Para que México pueda mantener y ampliar la oportunidad que este conflicto le ha presentado, es esencial que aborde sus propias necesidades: infraestructura, seguridad, certeza jurídica y capital humano.
La información presentada corresponde a la fecha de publicación original (2025-06-12) y se ha mantenido fiel a los datos y el contexto de aquel momento.
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