Todas las informaciones que han surgido sobre el asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moïse, a manos de un comando integrado por exmilitares colombianos parecen sacadas de un culebrón iberoamericano. La truculencia de lo sucedido en Haití y su desenlace tétrico no ha dejado títere con cabeza. A él lo matan con sevicia en su propia residencia, mientras dormía y cuando se presumía que estaba rodeado de su guardia pretoriana.
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Al presidente Lincoln, por ejemplo, lo asesinaron en un teatro, a Kennedy en un carro mientras recorría Dallas. Eso de asesinar a un mandatario y sacarle un ojo en su propia cama donde duerme con su esposa y en la misma casa donde están los hijos es un drama inenarrable que no se le ocurrió ni a Mario Puzo, el autor de El Padrino. Tampoco me sorprende la noticia de que sus asesinos sean exmilitares colombianos que habrían sido contratados por la empresa de seguridad CTU, con sede en Florida de propiedad del venezolano Antonio Intriago.
Hace rato que mi país exporta mercenarios como si se tratara de un producto comercial. La disputa nos dejó un ejército inmenso que tuvo operaciones cinematográficas contra su enemigo histórico, las FARC, pero que se degradó en el camino. En los noventa, muchos soldados profesionales entrenados en los Estados Unidos decidieron salirse de las filas para integrar los grupos paramilitares que terminaron incinerando a inocentes en hornos crematorios y jugando futbol con las cabezas de sus víctimas.


