El dios del sprint, el rey león, el físico más envidiable, 1,90, 80 kilos, y su melena. Todo eso era Mario Cipollini, sprinter imbatible en los años 90 del pasado siglo y en los primeros años 2000, un histrión presuntuoso, veloz y ganador, 42 etapas del Giro, 12 del Tour, tres de la Vuelta, campeón del mundo, el patrón del pelotón que no se movía si él no lo permitía. Esas condiciones no lo convertían en un personaje amado, todo lo más temido, pero tampoco en el personaje odioso que este lunes, 17 de octubre, ha sido condenado a tres años de cárcel en su Lucca por malos tratos, amenazas y lesiones a su exmujer, Sabrina Landucci y al actual compañero de ésta, el exfutbolista Silvio Giusti. La sentencia, de primera instancia, fija además una suma de 80.000 euros como indemnización para la mujer y de 5.000 euros para Giusti.
Los hechos se remontan a 2017. El 9 de enero de aquel año, Landucci denunció en el juzgado a Cipollini, de 55 años, al que le acusaba de haberle propinado “patadas, puñetazos y empujones, con lesiones y amenazas de muerte”.
Cipollini fue largos años el mito sexual del pelotón, uno de los ecosistemas en los que la testosterona es la madre del pensamiento: un macho sudoroso y maleducado, casposo, que cuando posaba con jóvenes periodistas se permitía agarrarles de los senos, y reírse con la respuesta furiosa de las mujeres. Un año quiso abandonar la Vuelta para largarse a Italia como jurado del concurso de miss Italia; otro, después de tontear y ligar con miss Euskadi, a la que conoció en Donosti en la salida del Tour del 92, se retiró a mitad de carrera para quedar con ella en las playas toscanas de Viareggio. Una vez, en la Volta a Catalunya, tan ruidosamente llevó a cabo en el dormitorio su relación con una mujer, que cuando abrió la ventana que daba a la terraza, docenas de huéspedes se levantaron para aplaudirlo como un héroe… Quiso ser el líder de las revueltas del pelotón contra la policía que investigaba el dopaje, y en su maleta llevaba los planes de recuperación fisiológica escritos por Eufemiano Fuentes. Un excompañero que fue su amigo y a veces cómplice cuenta que se ha quedado clavado en sus años pasados, que cuando sale de cicloturista con un grupo de amigos y con su hijo, aún se dopa para ganarlos, porque no aguanta no hacerlo.
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