El mundo de la danza contemporánea en México ha perdido a uno de sus máximos exponentes: Federico Castro, maestro y coreógrafo cuya vida estuvo dedicada al movimiento y la enseñanza. Nacido en 1933 en el Estado de México, Castro dejó una huella imborrable en la escena dancística antes de fallecer en noviembre pasado, a los 92 años.
Su trayectoria comenzó desde joven, cuando decidió incursionar en la danza a los 21 años. A lo largo de su vida, su pasión por el arte fue palpable, tal como recuerda la maestra Gladiola Orozco, su amiga durante siete décadas. Castro, siempre ardiente en su compromiso, se destacó como parte de la primera compañía de danza moderna de la técnica de Martha Graham en el país, bajo la dirección de la reconocida coreógrafa Guillermina Bravo. Juntos, formaron el Ballet Nacional de México, un referente en el ámbito dancístico.
Desde sus inicios en 1951 y su graduación como maestro en 1953, Castro se dedicó a fomentar el interés por la danza. Aportó valiosas contribuciones en la Escuela Normal para Maestros, impactando a generaciones de estudiantes. Su enfoque integrador mezclaba la técnica clásica con el arte popular, logrando que incluso quienes no se consideraban bailarines se sintieran inspirados a moverse en el escenario.
Un rasgo distintivo de Castro era su tenacidad, una cualidad que lo llevó a luchar por el reconocimiento en vida. Aunque fue galardonado con varios premios, incluyendo el prestigioso Premio Nacional de Danza José Limón y el reconocimiento Danza UNAM 2024, aún sentía que algo le faltaba: el Premio Nacional de Artes y Ciencias de México. Esta obsesión por el reconocimiento es un reflejo de su dedicación al arte, que se traducía en una intensa búsqueda por una nueva forma de entender y ejecutar la danza.
Castro fue un innovador. Fundó la escuela “Los Constructores de Danza Contemporánea” en Puebla y el “Centro Nacional de Danza Contemporánea” en Querétaro, donde dejó un legado de más de sesenta piezas escénicas, tales como “Tronco de la danza” y “La portentosa vida de la muerte”. Su impacto trascendió fronteras, siendo reconocido no solo a nivel nacional, sino también internacionalmente.
La maestra Orozco recuerda con cariño su energía vibrante y su compromiso inquebrantable con la danza. Su muerte dejó un vacío en el ámbito artístico, pero su legado persiste entre aquellos que tuvieron el privilegio de aprender de él. En su última charla telefónica, Castro mostró una vez más su pasión por la enseñanza, lamentando el desinterés que a veces notaba en los estudiantes contemporáneos.
Los homenajes que recibió en vida son testimonio de su influencia, pero muchos ansían otros tributos que reflejen la magnitud de su contribución al arte y la educación en danza en México. Su partida ha dejado una sensación agridulce; se fue en silencio, como una figura que nunca dejó de moverse, fiel a su esencia. Así se recuerda a Federico Castro, un baluarte de la danza que, hasta sus últimos días, vivió convencido de la fuerza del movimiento.
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