Llego a Zaragoza en la frescura de la mañana y me apresuro a tomar el autobús. Aunque el mío ya zanjó su ruta, aún dispongo de tiempo, así que decido abordar la línea 34, atraído por la posibilidad de ver otras calles. En mi mente resuena un cuento de Mariano Gistaín titulado “Línea 34” que leí hace un tiempo. Mientras el autobús avanza, me distraigo observando el entorno y posteriormente veo que estoy en la calle Reino, un nombre que evoca recuerdos de una tarde de 1996. En esa ocasión, le pregunté a Eva Aznar sobre su lugar de residencia, y su respuesta fue: “¿Dónde va a vivir una princesa? En la calle Reino”. Lamentablemente, Eva falleció a los 45 años, la misma edad que tengo ahora.
Decido bajar en la Puerta del Carmen y comenzar a subir por la ciudad en busca de una cafetería donde pueda trabajar en paz. Al pasar cerca del restaurante Levante, un título me viene a la mente, ya que mencionó este lugar en “Adiós”, su novela más reciente, de José María Conget.
Mientras camino, recordando momentos de la infancia, me detengo frente a una tienda asiática que ahora ocupa el espacio donde mi abuelo adquirió el segundo coche familiar, un Simca 1200 rojo que solían compartir sus cuatro hijos. “El rojo, que es más farde”, era como decía mi abuelo al hacer la elección. A medida que continuo, observo los diversos comercios; algunas calles muestran vida y actividad, mientras que otras reflejan un estado de decadencia.
En una cafetería próximo a la universidad, la música de los años noventa suena suavemente de fondo. Al acercarme a un bar que anteriormente llevaban el nombre de Tíbet y Cárpatos, me detengo en Hermanos Vidal, un lugar que solía visitar con mi amigo Félix Romeo. Al mirar los estantes, creo recordar que algunos libros ya estaban allí en nuestra última visita, hace 15 años. Mi propósito inicial es asistir a la defensa de la tesis doctoral de mi hermana Sara, que lleva por título “Dificultades de acceso al léxico en sujetos tras accidentes cardiovasculares: tareas de evaluación y diseño experimental”.
En el acto están presentes mis padres, el novio de Sara, Asier, y otros familiares que han viajado desde diferentes lugares. Mi hermana presenta su investigación, explicando los métodos que ha adoptado y los efectos de los ACV que estudia, tales como la anomia léxica y léxico-semántica, interrelacionando distintas disciplinas. El tribunal la felicita, y al responder a sus preguntas, sus respuestas destacan y marcan un alto nivel en la sesión. Mientras ellos deliberan, salgo en busca de un taxi.
Recorramos la ciudad por Domingo Miral hacia la estación Delicias, donde pasamos por la Hípica, un lugar donde solíamos entrenar con el equipo de fútbol sala en el instituto. Los ecos de memorias pasadas surgen: mi primo, capitán del equipo, compartía conmigo emocionantes noticias hace 28 años: “Voy a tener una hermana”. Eran los tiempos en que nuestras sesiones de entrenamiento eran cotidianas, como hoy.
Una mañana en Zaragoza revive la esencia de momentos vividos, entre nostalgia y el aprendizaje constante que la ciudad ofrece.
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