En un rincón pintoresco de Italia, cerca del majestuoso Pollino National Park, se encuentra un antiguo pueblo que ha vuelto a ser el hogar de la artista Brenda Zlamany. Utilizando un viejo fábrica de salchichas como estudio, Zlamany ha transformado este espacio en un refugio creativo donde la historia familiar se entrelaza con su trabajo artístico. Desde abril de 2024, Brenda ha estado dotando a sus lienzos de color y vida, en un entorno que le resulta profundamente familiar. De hecho, este lugar guarda un significado especial para ella, ya que su abuelo partió de aquí hace cien años como un cíngaro.
La rutina diaria de Zlamany es un retrato del carácter comunitario del pueblo. Tres veces a la semana, el fruttivendolo sube la montaña para ofrecer productos frescos, fomentando un estilo de vida que prioriza la interacción social. Durante sus compras, Zlamany no puede evitar disfrutar de las conversaciones con cada vecindario que encuentra en su camino hacia el mercado. En este lugar, donde el tráfico es una mera anécdota y las calles son lo suficientemente estrechas como para caminar en fila india, la vida fluye de una manera orgánica y conectada.
El entorno afecta profundamente su trabajo. Zlamany describe la intensa sensación de déjà vu que le provoca estar en el pueblo donde su abuelo vivió y trabajó. Al caminar por sus senderos cada día, encuentra un sentido de memorias que parecen estar grabadas en su sangre, creando un vínculo inseparable con el lugar. Es justo este sentimiento de pertenencia el que le permite producir arte auténtico y resonante.
A pesar de su conexión con el lugar, Zlamany siente que es tanto un “insider” como un “outsider”. Tiene el privilegio de conocer las costumbres locales mientras disfruta de la libertad de romper ciertas reglas. Rodeada de agricultores y ganaderos que respetan su horario, la artista encuentra en su comunidad una fuente de inspiración cercana.
Su estudio resulta ser un conglomerado de elementos históricos y personales. El edificio, de trescientos años de antigüedad en su base y de cincuenta en su parte superior, está lleno de objetos que alguna vez pertenecieron a una mujer autosuficiente, cuyo espíritu parece habitar el lugar. Este verano, realizó un proceso artesanal de extracción de aceite de oliva de sus propias aceitunas, intensificando así su conexión con la tierra.
Sin embargo, no todo es idílico. Aunque Zlamany adora su entorno, desearía que el acceso al pueblo fuera más fácil. La distancia remota es lo que mantiene la esencia intacta, pero la falta de transporte público puede ser un inconveniente. Esta dualidad -deseando comodidades modernas, mientras se aprecia la belleza de la soledad- refleja las tensiones entre el progreso y la preservación que suelen existir en comunidades rurales.
En cuanto a la cultura, Zlamany ha explorado el Museo de la Liquirizia “Giorgio Amarelli”, un lugar dedicado a la producción de regaliz de una familia que lleva siglos en este arte. Esta elección de museo, lejos de ser una coincidencia, subraya su dedicación a vivir y trabajar en un contexto profundamente enraizado.
Cuando se le pregunta sobre sus materiales artísticos preferidos, Zlamany destaca el óleo. Finalmente, ha encontrado un proveedor en Nápoles que le envía los suministros, lo cual le recuerda a los días pasados de atención al cliente en Nueva York, cuando la relación entre artista y vendedor estaba más valorada.
El relato de Brenda Zlamany no solo revela la historia personal de una artista, sino que también pone de relieve el patrimonio cultural, los lazos familiares y la belleza de un estilo de vida en armonía con la naturaleza. En un mundo donde la modernidad tiende a eclipsar lo tradicional, su experiencia es un recordatorio de que a veces, el lugar que elegimos puede resonar con las historias de quienes nos precedieron.
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