Moscú ya no puede permitir lujos geográficos mientras su atención ha quedado atrapada en la turbulenta situación de Ucrania, un conflicto que ha absorbido casi todos sus recursos. Sin embargo, la sombra de su estrategia se alza en otros lugares, recordando cómo las tensiones han reconfigurado el mapa geopolítico del mundo. En este marco, el intento de Donald Trump por rediseñar su influencia global le ha dado a Vladimir Putin un panorama en el que operar, a pesar de las dificultades que enfrenta.
La invasión a gran escala de Ucrania forma parte de un plan mayor: restaurar una esfera de influencia en la antigua unión soviética. Pero este enfoque ha llevado a Rusia a descuidar otras alianzas estratégicas. El aliado sirio Bashar Asad, por ejemplo, cayó en desgracia el año pasado, mientras que su presencia en el Cáucaso y Asia Central se ha debilitado visiblemente.
Moscú había promovido sus alianzas como una alternativa robusta y confiable a la OTAN, esencialmente sin valores claros pero con una demostrada fuerza militar. Sin embargo, esta promesa ha sido desmentida por la realidad en territorios como Armenia, Siria y Venezuela. En cada uno de estos casos, el “paraguas de seguridad” ofrecido por Putin se pliega cuando los costos de mantenerlo son demasiado altos, revelando un modelo de alianzas más clientelar y temporal que estructural.
Venezuela, por ejemplo, ha sido un claro testimonio de esta estrategia. Desde la firma de un acuerdo de cooperación militar en 2001, Moscú ha respaldado al régimen de Nicolás Maduro a través de créditos y venta de armamento. Sin embargo, la falta de un tratado de defensa y la reticencia a confrontar a Estados Unidos han limitado la profundidad de esta relación. Aunque hubo reconocimiento oficial de personal ruso en el país en 2019, su presencia se definió como “cooperación técnica”, careciendo de la capacidad de intervención decisiva que podría haber sido necesaria.
En Siria, la intervención rusa en 2015 salvó momentáneamente a Asad, pero esta ayuda no garantizó una estabilidad duradera. Con el conflicto en Ucrania como prioridad, la habilidad de Moscú para respaldar a aliados lejanos ha disminuido. La pérdida de control político sobre Damasco apenas complica la situación, dificultando incluso la estrategia de mantener bases en el país.
El caso de Armenia muestra la fragilidad de las promesas de seguridad. A pesar de ser miembro de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), Armenia ha visto cómo su llamado a la ayuda ante las agresiones de Azerbaiyán ha caído en oídos sordos. En contraste, la OTSC sí intervino en Kazajistán en 2022, revelando una falta de compromiso con los aliados que se encuentran en situaciones críticas.
Los enfrentamientos entre Azerbaiyán y Armenia han dejado claro que la OTSC funciona más como una garantía política sin respaldo real. Mientras Armenia expresa su desilusión con esta organización, otros miembros de la alianza también contemplan su futuro con escepticismo.
En este escenario, el modelo ruso recuerda al Pacto de Varsovia en su ocaso. Mientras los aliados caen, Putin ofrece refugio, pero no rescate. En un mundo que se fragmenta en zonas grises y con intereses diversos, su capacidad de influir se ve constantemente revaluada. La situación actual plantea desafíos para Moscú mientras observa un panorama global en que su poder se ve restringido, si bien potencialmente puede aprovecharse de las debilidades de potencias distantes.
Actualizar a 2026-01-05 17:06:00: La dinámica global sigue evolucionando, dejando a Rusia tratando de reconstruir su red de alianzas y su influencia en medio de un creciente escepticismo y vulnerabilidades internas.
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