Benito Jerónimo Feijoo, un destacado pensador del Siglo de Oro español, expresa en una carta su renuencia a dejar la apacible vida en Oviedo para trasladarse a la bulliciosa Madrid. Citando a Horacio, señala que “todo el coro de escritores ama el campo, pero escapa a las ciudades”, una reflexión que resuena en la búsqueda de tranquilidad en medio de un mundo cada vez más agitado.
La carta contiene una anécdota sobre Servio Sulpicio Similis, un militar romano que, tras años de servicio bajo los emperadores Trajano y Adriano, se retiró a una vida tranquila en el campo, donde falleció siete años más tarde. Este episodio invita a cuestionar la verdadera esencia de la longevidad. La historia se entrelaza con el relato de los maságetas, quienes celebraban la vida con ritos de inmolación, considerando que una muerte digna superaba la desgracia de morir en la enfermedad.
Se contempla además la inquietante celebración de la esposa de Jerjes, que con tristeza y celebración a la vez, conmemoró su vida enterrando vivas a siete parejas de jóvenes. Por otro lado, las reflexiones de Demócrito nos llevan a un dilema: la vejez puede ofrecer sabiduría, pero también puede amplificar el temor a la muerte. En un eco de estas ideas, Shakespeare en “Hamlet” plantea que el miedo al más allá nos hace tolerar las adversidades de la vida.
Menandro describía la vejez como “un mal deseado”, y a menudo se oyen deseos de “muchos días de estos” en aniversarios, recordando la tradición polaca de desear “sto lat” o “cien años”. Sin embargo, la incertidumbre sobre cómo felicitar a quienes superan el centenario nos lleva a reflexionar sobre el significado de una larga vida.
Aunque algunas narrativas sagradas mencionan a Matusalén viviendo 969 años, poco se recuerda de Jared, quien llegó a los 962. En los relatos de “Los viajes de Gulliver”, Jonathan Swift presenta a los Struldbruggs como un recordatorio de que una vida prolongada no siempre es deseable.
El estoicismo de Séneca brilla al advertir que desear una larga vida puede significar desear una serie de males que acompañan la vejez. En un tono más agudo, señala que “incluso en una vida muy larga, es muy poco lo que se vive”, una reflexión que sigue siendo relevante.
Para los antiguos griegos, el promedio de vida era escaso, con menos de treinta años, aunque sobrevivir a la mortalidad infantil podría llevar a vidas más largas. Sócrates murió ejecutado a los setenta; Platón vivió más de ochenta y Sófocles alcanzó los noventa, encontrando en la vejez un alivio al perder su vigor sexual, al que describió como un “amo loco y salvaje”.
La visión griega sobre la vejez, aunque con múltiples matices, mantenía un eco de tristeza. Eurípides expresa esta desdicha en sus obras, donde la longevidad es vista a menudo como una carga. No obstante, entre los seguidores de Dionisio, en sus últimos días, resuenan versos que celebran la vida y el vino, clamando por una existencia llena de risas y pensares profundos.
La reflexión sobre la longevidad nos invita no solo a anhelar vivir muchos años, sino a considerar la calidad de esos años. En este sentido, el debate sobre la vida y la muerte se encuentra claramente en el centro de la experiencia humana, revelando la complejidad de la existencia a través de los siglos. Al final, la cuestión es clara: ¿Qué significa realmente vivir plenamente?
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