La sociedad venezolana se enfrenta a un panorama desolador, marcado por la incapacidad de liberarse del madurismo. El desasosiego no solo deriva de la invasión de fuerzas extranjeras, sino también de la alarmante aceptación de su llegada como una solución. Este fenómeno revela una ineficacia colectiva, especialmente de aquellos que se habían proclamado como adversarios del régimen, lo que genera una aprehensión de que su resistencia ha sido silenciada por un ambiente de represión que prohibió cualquier intento genuino de alterar el orden establecido.
El terror que ha marcado los últimos años del régimen ha inducido una parálisis en la población. La opresión sistemática, que se intensificó tras el robo electoral a Edmundo González, ha llevado a muchos a abstenerse de protestar, sabiendo que cualquier resistencia podría llevar a consecuencias mortales. Esta situación ha perpetuado una especie de neutralidad en la sociedad, que observa pasivamente cómo se transforma su país en un aparente patio trasero de Estados Unidos.
Que una potencia como Estados Unidos imponga un orden que el pueblo venezolano no ha podido establecer no debería ser un motivo de escándalo, pero el contexto lo complica. La crítica a intervenciones extranjeras se ha vuelto irrelevante ante la realidad de un líder estadounidense cuyas credenciales democráticas son cuestionables.
A lo largo de la historia, las acciones invasivas han estado impulsadas no por los ideales fundacionales de libertad y democracia, sino por figuras poco representativas de esos valores. La actual administración, más alineada con intereses egoístas que con principios elevados, no ha facilitado una alianza con los verdaderos defensores de la democracia en Venezuela. En cambio, ha buscado apoyo en individuos y estructuras corruptas que han contribuido al deterioro social y político del país.
La combinación de este enfoque disfuncional con la falta de acción de la sociedad plantea una crítica seria: si el madurismo es destituido por fuerzas externas, ¿cuál es el futuro que espera a Venezuela? La historia reciente nos ha dejado una lección dolorosa y la incapacidad colectiva para confrontar esta realidad solo perpetúa un ciclo de dependencia y degradación.
A medida que la situación continúa evolucionando, resulta crucial que tanto el pueblo venezolano como sus líderes reflexionen sobre la escala de perversiones que están en juego. La historia no perdonará la inacción ante este “concubinato” político que desfrauda no solo a una nación, sino a los valores que debería ejemplificar. La búsqueda de un futuro superior solo será posible si se rechazan las alianzas destructivas y se restablece un compromiso genuino hacia la democracia y la dignidad en el país.
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