Ciudad de México. Hace casi medio siglo, el escritor argentino Julio Cortázar soñó una pesadilla que, en su momento, parecía ficción: las imágenes luminosas del archipiélago de Solentiname —un rincón paradisíaco del sur de Nicaragua— se transformaban, al revelarse, en escenas de violencia, muerte y guerra. Aquellas transparencias fotográficas, que alguna vez mostraron a niños sonriendo y jugando, aparecían atravesadas por balas, como un presagio del horror por venir.
El cuento “Apocalipsis de Solentiname”, publicado en 1977, capturó ese salto abrupto de la esperanza a la devastación, de la utopía tropical a la pesadilla latinoamericana. Cortázar, desde París, vislumbró con lucidez la represión en Argentina, el asesinato de Roque Dalton, la violencia en Guatemala, y el asalto al Solentiname revolucionario que Ernesto Cardenal soñaba como un faro espiritual y artístico inspirado en la teología de la liberación.
Décadas más tarde, ese mismo mal sueño lo evocó el músico Manu Chao en 1994, al descubrir el cuento de Cortázar mientras México ardía con el levantamiento zapatista. “Sueño de Solentiname” (incluido en Casa Babylon) puso ritmo a una América Latina que sangraba mientras imaginaba otro mundo. Al igual que la pintura naif de los isleños nicaragüenses, también el arte zapatista traspasó fronteras como testimonio de lucha y belleza en medio del dolor.
Hoy, el espejo de esa visión terrible nos alcanza en otras coordenadas. En Gaza, en Cisjordania, en los campos de refugiados, la escena se repite: niños jugando un día, muertos o mutilados al siguiente. La vida que parecía simple, llena de sol y juegos, se apaga bajo las bombas. El mundo observa —virtual, impotente— cómo se disuelven las infancias.
“No son Solentiname”, diría Cortázar. Pero los crímenes son iguales. La deshumanización persiste: niños y niñas convertidos en enemigos por haber nacido con el nombre o el pasaporte equivocado. “El racismo criminal ha infectado a las víctimas canónicas del racismo occidental”, se denuncia. Y lo que fue un pueblo perseguido, Israel, se transforma en potencia ocupante, en agresor sin límite.
En este contexto global, el sueño original de Solentiname —arte, poesía, espiritualidad y comunidad— se revela como un antídoto. Aquel proyecto impulsado por Ernesto Cardenal no fue solo un gesto cultural, sino una apuesta por la vida y la libertad en su forma más simple y radical. Frente a la barbarie actual, su memoria se vuelve un refugio. Una imagen limpia.
¿Dónde hallar entonces una esperanza sin sangre? Quizá aún podamos asirnos a esas estampas ingenuas, a esos colores vivos en maderas y lienzos. A la poesía del pescador en el “mar dulce”, al murmullo de niños en las aulas. Tal vez el arte, la memoria y la palabra aún tengan poder para conjurar el horror.
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