La percepción de inseguridad no siempre crece al mismo ritmo que la delincuencia real. En muchas ocasiones, lo que aumenta no es el número de delitos, sino el volumen de rumores. En un entorno saturado de redes sociales, grupos de WhatsApp y mensajes reenviados sin verificación, la rumorología se convierte en un factor tan influyente como cualquier estadística oficial. El problema es que los rumores no solo informan mal: deforman la realidad, generan miedo colectivo y dañan la vida económica y social de una comunidad.
Un ejemplo reciente lo ilustra con claridad. Corrió como pólvora la versión de que habían asaltado el restaurante El Origen, uno de los puntos de reunión más concurridos de la zona. En cuestión de minutos, el mensaje se multiplicó: “asaltaron a los comensales”, “entraron armados”, “nadie está a salvo”. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. Lo que ocurrió fue un asalto dirigido: unos delincuentes venían persiguiendo a un hombre que acababa de retirar dinero del banco y lo interceptaron en la entrada del establecimiento. No hubo robo masivo, no se atentó contra los clientes, no se desató un episodio de violencia generalizada dentro del lugar. Pero el daño ya estaba hecho.
Ese tipo de distorsión no es menor. Cuando se afirma que un restaurante fue asaltado, la percepción inmediata es que cualquier persona sentada en una mesa pudo haber sido víctima. Eso multiplica el miedo, disuade a la gente de salir, afecta directamente a los negocios y refuerza la idea de que vivimos en un entorno incontrolable. La verdad, aunque igual de preocupante, es diferente: se trató de un delito específico, dirigido, que revela fallas en seguridad bancaria y en el seguimiento de movimientos de efectivo, no un ataque indiscriminado contra la población.
La rumorología actúa como un amplificador emocional. No se limita a informar, sino que exagera, dramatiza y generaliza. Donde hubo un incidente, se construye una ola de pánico. Donde hubo una víctima concreta, se instala la idea de que todos estamos en riesgo permanente. Este fenómeno tiene efectos sociales profundos: la gente cambia sus rutinas, evita ciertos lugares, desconfía de espacios públicos y termina encerrándose, no por lo que realmente ocurre, sino por lo que cree que ocurre.
Además, el rumor erosiona la credibilidad de las instituciones. Cuando circulan versiones falsas o incompletas, y éstas no son corregidas a tiempo, se refuerza la idea de que las autoridades ocultan información o minimizan los hechos. Se genera un círculo vicioso: la gente ya no cree en los comunicados oficiales, confía más en mensajes anónimos y, por lo tanto, se vuelve más vulnerable a la desinformación. Así, la percepción de inseguridad crece incluso cuando los datos reales no la respaldan en la misma proporción.
No se trata de negar la inseguridad ni de maquillar la realidad. La violencia existe y debe ser denunciada, atendida y combatida. Pero hay una diferencia fundamental entre informar con responsabilidad y alimentar el miedo con versiones imprecisas. En el caso de El Origen, informar que hubo un asalto dirigido en la entrada es distinto a decir que el restaurante fue asaltado. Ambas frases describen hechos relacionados, pero su impacto social es completamente distinto.
La rumorología también tiene consecuencias económicas. Los negocios afectados por versiones falsas o exageradas ven disminuir su clientela, aun cuando no fueron escenario de un delito contra sus usuarios. Restaurantes, cafés, centros comerciales y espacios públicos pagan el precio de una narrativa que no construyeron, pero que los alcanza. Esto no sólo afecta a los propietarios, sino a trabajadores, proveedores y a la dinámica económica local.
Otro daño menos visible, pero igualmente grave, es la normalización del miedo. Cuando cada incidente se presenta como una catástrofe generalizada, la sociedad entra en un estado de alerta permanente. El miedo deja de ser una reacción ante un peligro concreto y se convierte en una condición cotidiana. Esto debilita el tejido social, rompe la confianza entre ciudadanos y limita el uso del espacio público, que es uno de los pilares de la vida comunitaria.
Frente a este panorama, es urgente fomentar una cultura de verificación. No todo mensaje que llega debe reenviarse. No toda historia debe creerse sin contraste. Los ciudadanos tenemos una responsabilidad activa en la construcción del clima social. Compartir información falsa o incompleta no es un acto neutro: contribuye a un entorno más tenso, más temeroso y menos racional.
También es indispensable que las autoridades mejoren su comunicación. El silencio, la tardanza o los comunicados ambiguos dejan espacio para que el rumor florezca. La información clara, oportuna y precisa es una herramienta de seguridad tan importante como cualquier patrulla. Cuando la autoridad explica qué ocurrió, cómo ocurrió y qué se está haciendo al respecto, no solo informa: reduce la ansiedad colectiva y fortalece la confianza pública.
El caso de El Origen no es aislado. Es un reflejo de cómo una sociedad hiperconectada puede convertirse, sin quererlo, en una fábrica de miedo. No porque invente la inseguridad, sino porque la magnifica. El reto no es callar los hechos, sino narrarlos con rigor. No es ocultar la violencia, sino evitar que el rumor la convierta en un monstruo omnipresente.
La percepción de inseguridad no sólo se combate con policías y cámaras, sino también con información responsable y ciudadanía crítica. Mientras sigamos confundiendo un asalto dirigido con un ataque generalizado, seguiremos viviendo en una ciudad más peligrosa en la imaginación que en la realidad, y esa es una derrota silenciosa que no nos podemos permitir.
Habría que preguntarse si no es la misma delincuencia quien impulsa el rumor porque hechos como éste primero llegan a todos los medios de información que a la autoridad, hay que ver quién está detrás de ello y qué gana ya que llega directamente al trabajo gubernamental. ¿No cree usted?
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