En Morelos parece que la cultura se reduce a los desfiles, las fiestas y las celebraciones populares. Todo eso forma parte de nuestra identidad y merece su lugar. El problema es que, mientras se organizan actos vistosos, la cultura que exige continuidad —la música, la ópera, las artes plásticas, los museos y la formación de nuevos públicos— permanece relegada.
Basta ver lo que ocurre cuando llegan artistas vinculados con el Festival Internacional Cervantino. Vienen tres o cuatro intérpretes y muchas personas ni siquiera se enteran. La publicidad se hace mal, tarde o no llega a los espacios donde podría despertar interés. Así, una presentación que podría acercar a los morelenses a expresiones artísticas de gran calidad termina ante un público reducido. Si nadie sabe que el espectáculo existe, difícilmente podrá asistir.
En Cuernavaca hay quienes sí trabajan para sostener esa vida cultural. Amigos de la Música realiza un esfuerzo enorme para ofrecer conciertos con regularidad, muchos en la Hacienda de Cortés, y para acercar al público la ópera del Met de Nueva York en el Centro Cultural Teopanzolco. Buena parte de ese trabajo depende de particulares que consiguen donativos y ponen su dinero para cubrir los costos. Incluso se organizó una gala para reunir fondos y hacer posible la programación.
El gobierno debería reconocer y respaldar ese esfuerzo. Teopanzolco participa, pero los costos de las transmisiones también implican pagos al Auditorio Nacional y derechos que hacen posible llevar la ópera del Met a otros lugares. ¿Por qué la cultura tiene que sostenerse casi por completo con el dinero y la voluntad de particulares? La autoridad podría ayudar a gestionar esos costos, apoyar las funciones y facilitar que los jóvenes asistan, en especial quienes nunca han tenido la oportunidad de escuchar una ópera o una orquesta.
El reciente concierto de la pianista rusa que interpretó el Segundo concierto de Rachmaninov con la orquesta fue un acontecimiento extraordinario. Sin embargo, después apareció el gobierno con la intención de sumarse al reconocimiento, aunque no hubiera contribuido a organizarlo ni a financiarlo. Las fotografías y los premios no sustituyen el respaldo que hace falta para que estos proyectos se repitan. La cultura no puede convertirse en un escenario para la promoción de funcionarios cuando el trabajo lo hicieron otros.
También están los espacios públicos. El Jardín Borda se deteriora cada vez más y necesita atención. El Museo Morelense de Arte Contemporáneo tendría que ser un lugar abierto a los artistas de Cuernavaca y de todo el estado, con exposiciones y convocatorias que permitan la participación local. En cambio, hay quienes perciben el museo como un espacio cerrado, usado para fiestas y eventos sociales, en vez de cumplir plenamente su función. Si hay decisiones sobre su manejo que limitan el acceso de los creadores, deben explicarse con transparencia. Un museo no es solamente un edificio: existe para exhibir, convocar y dialogar con la comunidad.
Morelos tuvo directores y promotores culturales de gran calidad, como Markarchev, Ricardo Guerra y Alberto Ríos Szalay. En esos años llegaban a Cuernavaca figuras intelectuales y artistas de primer nivel, entre ellos Pablo González Casanova. También estuvieron aquí Mishack y Rafael Coronel, aunque no siempre recibieran la atención que merecían. La presencia de creadores como Rafa Cauduro, el maestro Casares y Víctor Contreras dejó una huella que conviene recordar. No se trata de añorar el pasado, sino de entender que la vida cultural requiere dirección, conocimiento y trabajo sostenido.
Además, han existido señalamientos sobre el destino de obras que se solicitaron con el argumento de beneficiar al estado. Si hubo irregularidades, deben aclararse públicamente y con documentación. El patrimonio artístico no puede quedar sujeto a rumores ni a explicaciones incompletas.
¿Qué podemos hacer para que renazca la cultura en Morelos? El gobierno debe asignarle presupuesto, convocar a personas capaces y establecer un programa que no desaparezca con cada administración. Hay que difundir con tiempo las actividades, abrir los museos a los artistas locales, colaborar con organizaciones como Amigos de la Música y llevar conciertos, ópera y talleres a las escuelas y los barrios.
No se puede afirmar que la cultura acabará con la violencia. Pero sí podemos ofrecer a los jóvenes otras experiencias, conocimientos y formas de participar en su comunidad. Morelos tiene artistas, público y organizaciones dispuestas a trabajar. Lo que falta es que el gobierno entienda que la cultura no es un desfile ni una fotografía: es una responsabilidad pública que debe sostenerse todos los días. ¿No cree usted?





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