VIVENCIAS CIUDADANAS – LA NUEVA MARCHA POR LA PAZ

Por Teodoro Lavín León

La mar­cha por la paz, enca­be­zada el pasado sábado por el obispo Ramón Cas­tro Cas­tro no fue una movi­li­za­ción más. Fue un grito colec­tivo de deses­pe­ra­ción, de can­san­cio y de har­tazgo social ante la inse­gu­ri­dad que domina la con­ver­sa­ción dia­ria de los habi­tan­tes de More­los. En las calles ya no se habla sola­mente de polí­tica, de obras o de pro­me­sas de gobierno; se habla de miedo, de vio­len­cia, de desa­pa­ri­cio­nes, de extor­sio­nes y de la sen­sa­ción de que el estado ha per­dido el con­trol de amplias zonas de su terri­to­rio. La ima­gen de miles de ciu­da­da­nos cami­nando por las calles de Cuer­na­vaca, acom­pa­ñando al obispo, refleja algo mucho más pro­fundo que una pro­testa reli­giosa o civil. Refleja el vacío de con­fianza que existe hoy hacia las auto­ri­da­des encar­ga­das de brin­dar segu­ri­dad. Cuando la Igle­sia, orga­ni­za­cio­nes civi­les y fami­lias salen a mar­char jun­tas, lo que ver­da­de­ra­mente están diciendo es que la gente siente que ya nadie la escu­cha.

Y es pre­ci­sa­mente en ese con­texto cuando ocu­rre uno de los epi­so­dios más deli­ca­dos para la vida polí­tica y de segu­ri­dad de More­los: dos (al pare­cer son tres) de los per­so­na­jes seña­la­dos por auto­ri­da­des de Esta­dos Uni­dos ter­mi­nan esca­pando y entre­gán­dose direc­ta­mente a las auto­ri­da­des nor­tea­me­ri­ca­nas, dejando de lado incluso la pos­tura de la pre­si­denta de México, quien había soli­ci­tado prue­bas antes de acep­tar públi­ca­mente las acu­sa­cio­nes. El men­saje polí­tico es demo­le­dor.

Por­que más allá de la cul­pa­bi­li­dad o ino­cen­cia de quie­nes son seña­la­dos, el pro­blema real es la per­cep­ción nacio­nal e inter­na­cio­nal que hoy pesa sobre More­los. El estado apa­rece nue­va­mente vin­cu­lado a inves­ti­ga­cio­nes, pre­sun­tas redes cri­mi­na­les, corrup­ción y per­so­na­jes bajo sos­pe­cha. Eso gol­pea direc­ta­mente la cre­di­bi­li­dad ins­ti­tu­cio­nal y coloca a More­los en una situa­ción extre­ma­da­mente deli­cada rumbo a la elec­ción del pró­ximo año.

La inse­gu­ri­dad no sola­mente des­truye la tran­qui­li­dad social, tam­bién des­truye la con­fianza polí­tica. Y cuando un ciu­da­dano pierde la con­fianza en sus ins­ti­tu­cio­nes, comienza el terreno fér­til para la pola­ri­za­ción, el desen­canto y la mani­pu­la­ción elec­to­ral.

Hoy More­los vive un esce­na­rio com­plejo. Por un lado, existe una socie­dad can­sada de la vio­len­cia; por el otro, una clase polí­tica enfras­cada desde ahora en la lucha por el poder rumbo a 2027. Mien­tras los ciu­da­da­nos exi­gen resul­ta­dos, muchos acto­res polí­ti­cos pare­cen más preo­cu­pa­dos por las can­di­da­tu­ras, las alian­zas y las cam­pa­ñas ade­lan­ta­das.

La labor del nuevo encar­gado de la segu­ri­dad en un mes no puede hacer mila­gros.

El divor­cio entre ciu­da­da­nía y clase polí­tica es pre­ci­sa­mente lo que ali­menta el enojo social.

La mar­cha por la paz tam­bién debe inter­pre­tarse como una adver­ten­cia. No se puede nor­ma­li­zar que las fami­lias vivan con miedo. No se puede acep­tar como coti­diano que empre­sa­rios sean extor­sio­na­dos, que carre­te­ras sean inse­gu­ras o que comu­ni­da­des ente­ras se sien­tan aban­do­na­das. Y tam­poco se puede per­mi­tir que el dis­curso ofi­cial siga mini­mi­zando la gra­ve­dad del pro­blema.

La rea­li­dad es más fuerte que cual­quier bole­tín.

En las colo­nias popu­la­res, en los mer­ca­dos, en las uni­ver­si­da­des y en los cen­tros de tra­bajo, el sen­ti­miento es el mismo: la inse­gu­ri­dad domina la vida coti­diana. La gente modi­fica hora­rios, evita salir de noche, deja de visi­tar cier­tos luga­res y aprende a vivir bajo ten­sión per­ma­nente. Eso no es nor­ma­li­dad; eso es resig­na­ción social.

Por eso, la movi­li­za­ción enca­be­zada por la Igle­sia tiene un peso espe­cial. Por­que his­tó­ri­ca­mente, cuando la socie­dad mexi­cana ha sen­tido que las ins­ti­tu­cio­nes civi­les fallan, busca refu­gio en lide­raz­gos mora­les o socia­les que toda­vía con­ser­van cre­di­bi­li­dad. Y, en More­los, el obispo ha logrado con­ver­tirse en una voz que arti­cula el enojo y la preo­cu­pa­ción de miles de per­so­nas. Sin embargo, tam­poco se trata úni­ca­mente de mar­char o pro­tes­tar. El ver­da­dero reto será trans­for­mar ese reclamo ciu­da­dano en pre­sión efec­tiva para exi­gir estra­te­gias rea­les de segu­ri­dad, coor­di­na­ción entre auto­ri­da­des y trans­pa­ren­cia en las inves­ti­ga­cio­nes que hoy man­tie­nen al estado bajo la lupa nacio­nal, por­que la per­cep­ción de impu­ni­dad es quizá el daño más grave de todos.

Cuando la ciu­da­da­nía siente que quie­nes tie­nen poder polí­tico o eco­nó­mico pue­den esca­par, nego­ciar o entre­garse en otros paí­ses, mien­tras las víc­ti­mas siguen espe­rando jus­ti­cia, el men­saje devas­ta­dor que recibe la socie­dad es que exis­ten mexi­ca­nos de pri­mera y de segunda. Y esa per­cep­ción puede tener con­se­cuen­cias polí­ti­cas enor­mes en la pró­xima elec­ción.

La opo­si­ción inten­tará con­ver­tir la inse­gu­ri­dad en el prin­ci­pal tema elec­to­ral, mien­tras los gobier­nos ten­drán que defen­der resul­ta­dos que hoy son cues­tio­na­dos por amplios sec­to­res socia­les. El pro­blema para todos los par­ti­dos es que la ciu­da­da­nía parece cada vez más can­sada de dis­cur­sos y menos dis­puesta a creer en pro­me­sas.

More­los llega así a una etapa deci­siva, con una cri­sis de segu­ri­dad per­sis­tente, con ins­ti­tu­cio­nes debi­li­ta­das, con escán­da­los que cru­zan fron­te­ras y con una socie­dad que empieza a mani­fes­tarse abier­ta­mente en las calles.

La mar­cha por la paz no resol­verá por sí sola el pro­blema. Pero sí deja muy claro que la pacien­cia social comienza a ago­tarse. Y cuando un pue­blo pierde el miedo para salir a exi­gir paz, tam­bién empieza a per­der el miedo para cas­ti­gar polí­ti­ca­mente a quie­nes con­si­dera res­pon­sa­bles de haber per­mi­tido que la vio­len­cia se con­vir­tiera en parte de la vida dia­ria. Grave. ¿No cree usted?

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