VIVENCIAS CIUDADANAS – PENSIONES: SI SE ROMPE EL DIÁLOGO, SE COMPLICA LA GOBERNABILIDAD.

Por Teodoro Lavín León

More­los no está para sumar nue­vos con­flic­tos. La rea­li­dad del estado es sufi­cien­te­mente com­pli­cada como para que quie­nes tie­nen la res­pon­sa­bi­li­dad de gober­nar entien­dan que hay momen­tos en los que el diá­logo deja de ser una herra­mienta polí­tica y se con­vierte en una obli­ga­ción.

Hoy, lamen­ta­ble­mente, el diá­logo entre el gobierno y las orga­ni­za­cio­nes sin­di­ca­les en torno al pro­blema de las jubi­la­cio­nes y las pen­sio­nes parece haberse roto. Y eso no es una buena noti­cia para nadie.

El pro­blema de las pen­sio­nes de los tra­ba­ja­do­res al ser­vi­cio del Estado no nació ayer. Es un asunto que se ha venido acu­mu­lando durante años y que, por su dimen­sión finan­ciera, jurí­dica y social, requiere algo más que una reforma apre­su­rada o una deci­sión admi­nis­tra­tiva. Requiere núme­ros cla­ros, res­pon­sa­bi­li­dad y, sobre todo, acuer­dos.

Lo preo­cu­pante es que parece que ni el gobierno ni los dipu­ta­dos encuen­tran toda­vía la fór­mula para resol­verlo. Y, mien­tras tanto, se pre­tende modi­fi­car un sis­tema que afecta direc­ta­mente a miles de tra­ba­ja­do­res que durante déca­das han entre­gado su tra­bajo al ser­vi­cio público y que espe­ran que, al lle­gar el momento de reti­rarse, se res­pe­ten sus dere­chos. No se trata de defen­der pri­vi­le­gios. Se trata de dis­tin­guir entre pri­vi­le­gios y dere­chos adqui­ri­dos. Esa dife­ren­cia es fun­da­men­tal.

Una reforma al sis­tema de pen­sio­nes no puede cons­truirse úni­ca­mente desde la nece­si­dad de redu­cir el gasto público. Tam­poco puede plan­tearse como si el pro­blema fuera exclu­si­va­mente de los tra­ba­ja­do­res. El gobierno tiene la res­pon­sa­bi­li­dad de garan­ti­zar la via­bi­li­dad finan­ciera del Estado, pero tam­bién tiene la obli­ga­ción de res­pe­tar el marco jurí­dico y los dere­chos de quie­nes han cum­plido con las con­di­cio­nes esta­ble­ci­das para jubi­larse. Por eso resulta preo­cu­pante que, en lugar de avan­zar hacia una solu­ción con­sen­suada, se haya lle­gado al rom­pi­miento del diá­logo con las orga­ni­za­cio­nes sin­di­ca­les. Cuando el diá­logo se rompe, el con­flicto deja de estar den­tro de una mesa de nego­cia­ción y comienza a tras­la­darse a las calles, a los cen­tros de tra­bajo y final­mente a la gober­na­bi­li­dad.

Y More­los no nece­sita eso.

Tene­mos una inse­gu­ri­dad que con­ti­núa gol­peando a la socie­dad. Los ciu­da­da­nos viven con la sen­sa­ción de que no hay des­canso y de que los pro­ble­mas se acu­mu­lan sin encon­trar una res­puesta sufi­ciente. A ello se agre­gan con­flic­tos polí­ti­cos, socia­les y admi­nis­tra­ti­vos que gene­ran incer­ti­dum­bre y ali­men­tan la per­cep­ción de que las ins­ti­tu­cio­nes están per­diendo capa­ci­dad para resol­ver.

En este esce­na­rio apa­rece tam­bién el caso de la pipa, cuya tra­ge­dia sigue gene­rando pre­gun­tas. Ahora han sur­gido seña­la­mien­tos sobre si la uni­dad con­taba o no con el seguro que debía tener y acerca de quién ten­dría que hacerse res­pon­sa­ble. Mien­tras esas pre­gun­tas no ten­gan res­pues­tas cla­ras, seguirá cre­ciendo la des­con­fianza.

Y aquí hay algo toda­vía más deli­cado, cada nuevo epi­so­dio de esta natu­ra­leza ter­mina poniendo bajo sos­pe­cha a los tra­ba­ja­do­res del gobierno en su con­junto, cuando no nece­sa­ria­mente todos tie­nen res­pon­sa­bi­li­dad en las deci­sio­nes que se toman desde las áreas admi­nis­tra­ti­vas y polí­ti­cas. No pode­mos per­mi­tir que la falta de cla­ri­dad de las auto­ri­da­des ter­mine con­vir­tién­dose en una con­dena gene­ral para quie­nes tra­ba­jan en el ser­vi­cio público.

Por eso habría que pre­gun­tar­nos si éste es el momento ade­cuado para colo­car toda la ener­gía polí­tica del gobierno en cam­biar la manera en que se pagan las pen­sio­nes, cuando exis­ten tan­tos otros pro­ble­mas urgen­tes que resol­ver.

La pre­gunta no es si el sis­tema de pen­sio­nes nece­sita una revi­sión. Segu­ra­mente la nece­sita. La pre­gunta ver­da­dera es cómo se va a hacer, a quién afec­tará, qué dere­chos se res­pe­ta­rán y qué solu­ción de largo plazo se está cons­tru­yendo, por­que crear una ofi­cina, modi­fi­car una estruc­tura admi­nis­tra­tiva o cam­biar la fór­mula mediante la cual se cubren las pen­sio­nes no sig­ni­fica resol­ver el pro­blema. El fondo del asunto está en garan­ti­zar que el sis­tema sea finan­cie­ra­mente sos­te­ni­ble sin con­ver­tir a los tra­ba­ja­do­res en los res­pon­sa­bles de un pro­blema que se fue cons­tru­yendo durante muchos años.

El gobierno nece­sita sen­tarse nue­va­mente con los sin­di­ca­tos. Los dipu­ta­dos tie­nen que hacer su parte. Y ambos deben enten­der que una reforma de esta natu­ra­leza no puede hacerse desde la con­fron­ta­ción. More­los nece­sita acuer­dos. Ya hay dema­sia­dos pro­ble­mas sobre la mesa. La inse­gu­ri­dad, los con­flic­tos socia­les, la incer­ti­dum­bre polí­tica, las dudas que dejan acon­te­ci­mien­tos como el de la pipa y una ciu­da­da­nía que cada vez exige mayo­res expli­ca­cio­nes a sus auto­ri­da­des. Rom­per el diá­logo con los sin­di­ca­tos sola­mente agrega otro pro­blema.

Gober­nar no sig­ni­fica evi­tar los pro­ble­mas, sig­ni­fica tener la capa­ci­dad de enfren­tar­los. Y para enfren­tar el pro­blema de las pen­sio­nes se nece­sita inte­li­gen­cia finan­ciera, sen­si­bi­li­dad social, cono­ci­miento jurí­dico y, sobre todo, volun­tad polí­tica para escu­char, por­que si el gobierno pierde el diá­logo con sus tra­ba­ja­do­res, pierde tam­bién una parte impor­tante de su capa­ci­dad para gober­nar.

Y en un estado tan gol­peado como More­los, lo último que nece­si­ta­mos es que un pro­blema que puede y debe resol­verse en una mesa ter­mine con­vir­tién­dose en otro con­flicto de ingo­ber­na­bi­li­dad. ¿No cree usted?

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