Durante décadas, el corazón de nuestra ciudad ha cargado con un problema que ningún gobierno ha querido enfrentar de verdad: la ausencia de una central camionera moderna y funcional fuera del centro urbano. Administraciones van y vienen, cambian los colores de los partidos, se reciclan los discursos, pero el problema sigue exactamente igual. El resultado es evidente para cualquier ciudadano que camine por el centro: caos vial, contaminación, desorden comercial y una movilidad cada vez más colapsada.
Resulta increíble que en pleno 2026 sigamos siendo prácticamente la única ciudad donde los camiones de transporte federal atraviesan el centro histórico como si se tratara de una carretera nacional. No existe lógica urbana que justifique que unidades de grandes dimensiones, provenientes de distintas partes del país, circulen diariamente por calles que ya no tienen capacidad para soportar semejante carga vehicular. Mientras otras ciudades hace décadas construyeron terminales periféricas conectadas con sistemas de transporte urbano eficientes, aquí seguimos atrapados en modelos de movilidad de mediados del siglo pasado.
El problema no es solamente visual. Cada autobús foráneo que entra al centro genera emisiones contaminantes, ruido, congestionamiento y desgaste urbano. Decenas de motores diésel encendidos durante horas contribuyen al deterioro ambiental de una zona ya saturada. Los peatones respiran humo constantemente, los automovilistas pasan más tiempo detenidos en el tráfico y los comerciantes establecidos enfrentan dificultades para operar en medio del desorden permanente.
La contaminación en el centro no puede entenderse sin analizar el transporte foráneo. Durante años se ha querido culpar exclusivamente a los automóviles particulares, pero la realidad demuestra que el flujo constante de autobuses de pasajeros es uno de los principales factores que agravan la crisis vial y ambiental. Basta observar cualquier hora pico para entender la magnitud del problema: calles bloqueadas, vueltas imposibles, unidades estacionadas en doble fila, pasajeros invadiendo banquetas y cientos de personas moviéndose sin orden en espacios que ya fueron rebasados por el crecimiento urbano.
A ello se suma otro fenómeno inseparable: el crecimiento del comercio ambulante alrededor de las terminales improvisadas y paraderos del transporte federal. Donde llegan los autobuses aparecen inmediatamente puestos callejeros, vendedores informales y ocupación irregular del espacio público. No se trata de atacar a quienes buscan ganarse la vida, sino de entender que la falta de planeación urbana genera precisamente estas distorsiones. El transporte desordenado atrae comercio desordenado y ambos terminan provocando una degradación progresiva del centro.
Lo más grave es que este problema no es nuevo. Han pasado gobiernos municipales, estatales y federales de todos los partidos políticos. Todos prometen modernización, movilidad sustentable y rescate urbano, pero ninguno se atreve a enfrentar a los grandes intereses que controlan el transporte foráneo. Ahí está la gran pregunta que muchos ciudadanos se hacen desde hace años: ¿por qué nadie toca a los pulpos camioneros? ¿Qué poder tienen? ¿Qué acuerdos existen? ¿Cuánto dinero se mueve detrás de la permanencia de estas rutas y terminales improvisadas dentro de la ciudad?
Porque resulta evidente que no se trata solamente de incapacidad. La solución existe desde hace décadas: construir una verdadera central camionera moderna en la periferia, conectada con transporte urbano eficiente, estacionamientos adecuados y una planeación integral de movilidad. Muchas ciudades del país lo hicieron hace años con excelentes resultados. El centro histórico recuperó espacio para peatones, disminuyó la contaminación y mejoró la calidad de vida. Aquí, en cambio, seguimos atrapados en la simulación.
Los ciudadanos merecen una ciudad pensada para las personas y no para los intereses políticos o económicos de unos cuantos. No es posible que mientras el mundo entero apuesta por movilidad sustentable, transporte limpio y recuperación de espacios públicos, aquí todavía permitamos que enormes autobuses federales atraviesen diariamente las calles más congestionadas del centro. Es absurdo y profundamente irresponsable.
La transformación del transporte foráneo ya no puede seguir posponiéndose. No basta con pintar banquetas, colocar macetas o hacer campañas ecológicas mientras el verdadero problema continúa intacto. Se requiere decisión política, visión urbana y, sobre todo, valentía para enfrentar intereses que durante años han frenado cualquier intento serio de modernización.
Esta es nuestra ciudad. No podemos seguir aceptando que el centro histórico funcione como terminal improvisada de autobuses federales. Cada día que pasa aumenta la contaminación, empeora la movilidad y se deteriora la imagen urbana. Los gobiernos cambian, los discursos también, pero la realidad permanece igual porque nadie quiere tocar los intereses que controlan el transporte.
La pregunta ya no es si necesitamos una nueva central camionera. La verdadera pregunta es quién tendrá finalmente el valor político para hacerla realidad o de plano todos los gobernantes sean del partido que sean les llegan al precio. ¿ No cree usted?


