Sin lugar a dudas, la seguridad es el reto más importante que tiene el que será el proximo Presidente Municipal de nuestra ciudad.
La percepción del 90 % de los ciudadanos es que se sienten inseguros, y lograr que la ciudad regrese a la paz y la tranquilidad es algo que no va a ser fácil; el reto es permanente, pues existen colonias y zonas de Cuernavaca que ya están en manos de la delincuencia.
Otros de los retos primordiales será el que cambiemos el calificativo burlón de Cuernavaches, Moreloyos, ciudad de la eterna brincadera, ya que nos molesta a los cuernavacenses, y sin duda el repavimentar esta ciudad es un reto grande, porque se necesita hacer de una manera muy profesional, para que después de las lluvias no vuelva a quedar igual que antes. Otro gran reto es el agua en la ciudad, que necesita obra de recostruccion de las redes de manera urgente, para evitar casi el 50% o más que se pierde por la mala condición de los viejos tubos por los que se pierde la mitad del vital líquido; hay que modernizar el funcionamiento de SAPAC y luchar con los dos sindicatos existentes.
Otro de los grandes cánceres de nuestra ciudad es el crecimiento del comercio ambulante en el centro de Cuernavaca, que vuelve a colocarse en el centro del debate público. No es un fenómeno nuevo, pero sí uno que se ha intensificado en los últimos meses, generando tensiones entre autoridades, comerciantes establecidos y ciudadanos. En medio de esta discusión, el llamado “catenario” —la red de cables que atraviesa calles del primer cuadro— ha sido utilizado como argumento por algunos sectores para justificar la permanencia y expansión de los vendedores informales.
El ambulantaje, hay que decirlo con claridad, es reflejo de una realidad económica compleja y, desde luego, de liderazgos de CATEM que presionan a los gobiernos sin importarles la ciudad.
El problema es de fondo y resultado de la crisis económica en la que vivimos, ya que muchas familias encuentran en la vía pública su única fuente de ingresos ante la falta de oportunidades formales. Sin embargo, el crecimiento desordenado no puede verse únicamente desde la óptica social, también implica retos serios en materia de movilidad, seguridad, imagen urbana y competencia económica. En este contexto, algunos líderes del comercio informal han comenzado a defender la ocupación del espacio público, bajo el argumento de que el “catenario” —instalado originalmente para mejorar la imagen urbana retirando cableado visible—, no ha cumplido su función o incluso ha generado condiciones que permiten la colocación de estructuras provisionales, lonas y puestos. Es decir, lo que nació como una solución estética y de ordenamiento hoy es utilizado como justificación para lo contrario.
Pero este argumento resulta incompleto, en el mejor de los casos. El problema no es el “catenario” en sí, sino la falta de regulación efectiva del espacio público. Culpar a la infraestructura es desviar la atención del verdadero tema de fondo, que es la ausencia de una política clara, firme y sostenida para ordenar el comercio en la vía pública.
Los comerciantes establecidos, por su parte, han levantado la voz. Señalan —no sin razón— que enfrentan una competencia desigual. Pagan impuestos, servicios, rentas y cumplen con regulaciones que el ambulantaje muchas veces evade. La proliferación de puestos frente a sus negocios no sólo afecta sus ventas, sino también la percepción de orden y seguridad en la zona.
Por otro lado, los ciudadanos viven las consecuencias todos los días con banquetas invadidas, calles saturadas y dificultades para transitar libremente. El espacio público, que debería ser de todos, termina siendo apropiado por grupos específicos sin una regulación clara.
El próximo gobierno municipal se encontrará en una posición delicada. Cualquier intento de reordenamiento enfrenta resistencia social y costos políticos. Pero la inacción también tiene consecuencias, pues el crecimiento descontrolado del ambulantaje puede volverse irreversible si no se atiende a tiempo.
Aquí es donde el debate debe elevarse. No se trata de criminalizar a quienes venden en la calle, pero tampoco de normalizar el desorden. Se requiere una estrategia integral que contemple alternativas reales: reubicación en espacios dignos, programas de formalización y reglas claras que se apliquen sin excepciones.
El uso del “catenario” como argumento es, en realidad, un síntoma más profundo de la falta de autoridad en la gestión del espacio público. Mientras no exista una visión clara y una voluntad política firme, cualquier infraestructura —por moderna o bien intencionada que sea— puede terminar siendo rebasada por la realidad.
Cuernavaca necesita recuperar el equilibrio. Un centro histórico ordenado no es sólo una cuestión estética, sino una condición para el desarrollo económico, la convivencia social y la calidad de vida. El reto no es menor, pero tampoco es imposible enfrentarlo. El próximo gobierno también enfrentará a una cantidad de sindicatos en el Ayuntamiento que no son fáciles de atender y satisfacer.
Por ello, la pregunta de fondo es si quienes quieren ser las próximas autoridades están dispuestas a asumir el costo de poner orden… o si permitirán que el crecimiento del ambulantaje siga marcando la pauta.
Cuernavaca necesita compromiso real y serio para que podamos salir adelante. ¿No cree usted?


