Si alguien ha imaginado alguna vez un laboratorio de los horrores, se debe parecer bastante al de Vivotecnia (Madrid), del que el pasado 8 de abril la ONG animalista Cruelty Free International difundió varios vídeos grabados clandestinamente: monos, perros, conejos, cerdos y ratones siendo inmovilizados, zarandeados, ridiculizados, aterrorizados. El impacto ha sido colectivo. Qué falló en aquel centro está aún por determinar. Pero ha reabierto viejas preguntas que llevan tiempo rondándonos: ¿Es éticamente aceptable que dañemos en nuestras investigaciones a los animales? Si estos son seres sintientes, ¿deberíamos dotarlos de derechos y cesar la experimentación en ellos?
Perro retratado por un empleado de Vivotecnia, en Madrid. El laboratorio está actualmente cerrado por orden de un juez.

La sensibilidad hacia el sufrimiento animal está fuertemente agarrada en muchos estómagos. Esta contrariedad ha estado presente desde los comienzos de la investigación. Ya a finales del siglo XIX, Claude Bernard, el que es considerado el padre de la fisiología moderna (descubrió, entre otras cosas, la función digestiva del páncreas), vivió el disgusto dentro de su hogar: su esposa, que se horrorizaba con sus métodos (abría a los animales por entonces aún sin anestesia), fundó junto a sus dos hijas un albergue para perros y gatos abandonados en una especie de compensación por las acciones de su marido (se acabaron separando).
Cerdo retratado por un empleado del laboratorio Vivotecnia, en Madrid.

En estos días el Centro Nacional de Biotecnología, adscrito al CSIC, está haciendo pruebas en ratones para testar una de las posibles vacunas contra el coronavirus que se están investigando en España. Los roedores están modificados genéticamente para que el virus cause en ellos los mismos efectos que en nosotros. Cuando estos proporcionen las primeras pistas, les tocará el turno a los monos cangrejeros, y finalmente, la vacuna se testará en humanos. Isabel Sola, codirectora del proyecto, afirma que existen modelos de pulmón humano, pero que no les sirven. “Necesitamos ver la protección que desarrolla un cuerpo”, afirma.
Ratones retratados por un empleado del laboratorio Vivotecnia, en Madrid.

Hace dos años, Kathrin Herrmann, una veterinaria experta en bienestar animal que trabajó durante 10 años desde Berlín supervisando el trato que reciben los animales en los laboratorios, se decidió a reunir a científicos, expertos en leyes, filósofos y activistas en el libro Animal Experimentation: Working Towards a Paradigm Change (experimentación animal: trabajando hacia un cambio de paradigma, Human Animal Studies, 2019). “Viví muchas veces las limitaciones que hay para proteger a los animales debido a la forma en que se hacen las cosas: de manera descentralizada, con poco personal y con recursos muy limitados”. Herrmann señala que el uso de técnicas alternativas que sustituyan a los animales ha sido, en su opinión, relegado.


