El reciente ejercicio electoral para elegir a miembros del nuevo Poder Judicial ha resultado en una experiencia que muchos describen como insatisfactoria y carente de legitimidad. Según los informes, la jornada comenzó a las tres de la tarde, momento en el que se observó una casi total deserción en las casillas, una situación que se mantuvo a lo largo del día.
A la llegada, el ambiente era desolador: casillas vacías, papeletas llenas de nombres que muy pocos reconocen y un cuaderno de registro que mantuvo la mayoría de sus espacios en blanco. En el lugar, los funcionarios electorales parecían más interesados en sus actividades personales que en el proceso mismo, mientras que la afluencia de votantes se reportaba como ínfima, un dato nada sorprendente en un contexto de abrumadora apatía ciudadana.
Un dato inquietante revelado es que el 77% de los votantes no conocía a ningún candidato, muchos de los cuales fueron seleccionados meramente por cuotas partidistas. A quienes querían informarse no se les brindaron campañas sustanciales ni debates; los medios de comunicación quedaron cerrados para los aspirantes. Esto plantea serias preguntas sobre el acceso a la información y la transparencia del proceso electoral, ya que los votantes no podían incluso observar el conteo de votos, y las boletas sobrantes no fueron inutilizadas, sugiriendo una manipulación del proceso.
A pesar de estos antecedentes, la decisión de participar en la elección sigue siendo digna de análisis. Puede haber sido impulsada por el deseo de no dejar que otros tomen decisiones en nombre de uno, de querer tener un fundamento válido para opinar sobre lo vivido, incluso en contextos donde las condiciones fueron cuestionables. Sin embargo, la elección logró generar más dudas que certezas, ya que muchos la ven como un mero gesto simbólico sin un verdadero impacto en la estructura del Poder Judicial.
A lo largo de este proceso, se hizo evidente que, aunque las formas hayan cambiado, el fondo permanece inalterado: el Poder Judicial continúa bajo la influencia del gobierno, reflejando una idea proyectada por un liderazgo que mostró poco interés en los contrapesos institucionales. Durante su mandato, no solo se debilitaron las instituciones, sino que también emergió un clima de polarización que perjudicó el verdadero funcionamiento de la democracia.
Lo que fue observado en las casillas no es solo un reflejo de una apatía general; es un claro indicativo de un sistema que batalla por encontrar genuina representación y confianza ante la población. La condescendencia hacia lo que debió ser un ejercicio democrático se traduce en un gasto significativo que no aporta realidades o resultados positivos, sino en un desgaste institucional palpable.
En última instancia, la jornada electoral revela importantes lecciones sobre la salud democrática y el significado del verdadero sufragio en un contexto donde la decepción y la falta de confianza son predominantes. Las elecciones, tiñéndose de superficialidad, plantean desafíos aún mayores en una sociedad que espera respuesta a sus inquietudes más urgentes.
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