Cuando Enric Asunción y Eduard Castañeda se pusieron manos a la obra tenían una idea clara. De ninguna manera iban a seguir el camino de lo que estaban haciendo quienes iban a ser sus competidores. Mientras los fabricantes de puntos de recarga se fijaban en los monolitos de metal que van apareciendo por las calles de medio mundo para alimentar a los vehículos eléctricos en espacios públicos, ellos habían decidido que su solución se enfocaría en los hogares de los conductores, con algo mucho más pequeño que lo que podría ser una nevera y con cierta solución inteligente que superara la recarga. La conversación que iniciaron hace ahora unos seis años tomó forma en Wallbox y está valorada en 1.500 millones de dólares (unos 1.230 millones de euros), al menos para los cuatro fondos de inversión liderados por Kensington Capital Partners que han decidido entrar en el capital con una inversión de 330 millones de dólares y acompañar a la empresa española hasta el parqué de Wall Street.

“Los unicornios no existen. Nosotros, sí”, dice Asunción sin poder evitar una discreta sonrisa y sin querer hablar de lo que supone lograr que una start-up supere los 1.000 millones de tasación, como han hecho otras empresas emergentes españolas como Cabify o Glovo. Zanja con un “no nos gusta especular con el valor de la compañía, nos importa el valor a largo plazo”, aunque es probablemente consciente de ser el principal accionista de una empresa que acaba de dar un golpe en la mesa de una actividad que la aristocrática familia de la automoción quiere mantener bajo control. Pese a sus escasos 36 años, este ingeniero industrial es un veterano de la tecnología de recarga de los vehículos eléctricos. Empezó en Applus Idiada en un grupo de trabajo pensado para crear estándares tecnológicos de carga para coches eléctricos y en 2010 se mudó a Holanda para encargarse del sistema domiciliario de carga de Tesla.
La aventura en el proyecto de Elon Musk le duró tres años, hasta que el 3 de abril de 2015, en la boda de un amigo, conoció a Castañeda, que estaba becado a través de un proyecto de final de carrera en el laboratorio de celdas de baterías del Instituto de Robótica e Informática, con la colaboración del CSIC y la UPC. Congeniaron y hablaron de la posibilidad de crear el mejor cargador para coches. El lunes siguiente ambos anunciaban en sus respectivos trabajos su salida. Los contratos les impidieron emprender el proyecto durante unos meses, pero lo acabaron poniendo en marcha junto a Jordi Cano, Aleix Rull (todos ellos con cargos en la empresa) y el padre de Asunción, que había trabajado durante años en la industria auxiliar de la automoción, como accionistas.
Aquella apuesta parece haber surtido efecto. “Wallbox tiene productos superiores y es un negocio superior”, afirmó sin rubor ante analistas el consejero delegado de Kensington, Justin Mirro. Una de las ventajas de Wallbox es que sus puntos de recarga, dijo, son un 40% más baratos de lo que pueden hacerlos sus competidores. Asunción asiente a esa afirmación y lo explica por su tecnología y por la simplicidad de diseño de su conector, que lo hace más pequeño, menos pesado y mucho más sencillo de producir. “Más barato, al final”, explica el consejero delegado de Wallbox, quien recuerda la vez que tuvo que vender su entonces único producto ante representantes de un gran y entonces todavía potencial cliente. Al final de su exposición, llegó el momento de dar ejemplo de su éxito con el listado de otros clientes. Estaba ante una página en blanco y lo tuvo que reconocer: “No tenemos otros clientes, así que serán ustedes el primero, lo que quiere decir que nos dedicaremos a su empresa al 100% y cuando tengamos otro, al 50%”. Los convenció, hasta hoy.


