Jhesmin Huanca lo tiene claro: la violencia no se resuelve con violencia, pero saber defenderse puede salvarle la vida. Esta mujer aimara de la ciudad boliviana de El Alto lleva cinco meses aprendiendo a hacerlo de la mano de Warmi Power, un proyecto impulsado en 2015 por Laura Roca y Kimberly Nosa. Ambas aúnan psicología y taekwondo en la iniciativa. Pero esta no es una historia de patadas en el aire o llaves imposibles, sino de mujeres reclamando su derecho a vivir sin miedo.
En Warmi Power trabajan la capacidad de identificar y responder a esta violencia, fuera o dentro del hogar. La llama que les sirve de logo se encendió hace siete años. Roca, que practica taekwondo desde hace un cuarto de siglo y es terapeuta especializada en psicología deportiva y proyectos de innovación social, llevaba ya tiempo trabajando en organizaciones de atención a mujeres. Durante su experiencia, afirma, reparó en que no existía ninguna iniciativa que les enseñase a defenderse y a reconocer sus derechos.
Junto a Nosa, asesora de desarrollo personal e inteligencia emocional y taekwondista desde hace más de 15 años, presentaron el proyecto a la Alcaldía de la capital administrativa del país, La Paz. “Empezamos a trabajar en zonas lejanas, en barrios alejados de la ciudad, sobre todo con mujeres de pollera [falda tradicional que visten las aimaras]”, relata Roca. Después de un año, la Administración se retiró por cuestiones de presupuesto. “Por un tema político, más que nada”, añaden. La colaboración con el Ayuntamiento cesó, pero Warmi Power siguió adelante.
En Bolivia, con una población de cerca de 12 millones de habitantes, se han registrado se registraron 108 feminicidios en 2021, uno cada tres días
Estas clases ayudan a que la mujer se sienta más segura y demuestre esa fortaleza en diferentes espacios. “Al momento, de repente, si una persona se nos está asomando, yo ya digo ‘voy a tomar esta técnica’. Tal vez picarle en los ojos o darle en el cuello. Ya tengo esa herramienta para poder defenderme de una agresión en mi casa o en la calle”, cuenta Huanca. “Ya sé cómo reaccionar”.
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Hoy Huanca se siente líder. Otras mujeres la reconocen por la calle, le piden que les indique movimientos, le cuentan que han sido asaltadas o que sus maridos les han pegado. Llevan toda la vida escuchando que ellas son las débiles, interiorizando que los hombres son los que mandan. “Pero se ha demostrado lo contrario”, dice orgullosa. “Queremos que más mujeres se vean reflejadas en ellas y en nosotras para que puedan hacer, no solo esto, sino lo que les gusta”, cuenta Roca.
Hasta ahora, más que las miradas de recelo y reticencia masculinas, el mayor reto al que se enfrentan para lograrlo es la subsistencia económica. “No tenemos apoyo de ningún lado”, comenta Roca. Hay empresas que respaldan su actividad, pero no es un flujo constante. Cuentan que llevan mucho tiempo llamando a puertas y que hasta ahora no ha habido respuesta. “Nos han llegado cartas solicitando los talleres de diferentes provincias y poblaciones y a veces nos sentimos con las manos atadas porque no tenemos recursos”.
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