Cada 31 de octubre, al caer la noche, el panteón Antiguo de Xoxocotlán, Oaxaca, se convierte en un espacio de memorias y reverencia. Los habitantes de esta localidad se congregan con velas, alimentos y música para rendir homenaje a sus seres queridos fallecidos, iluminando así las tumbas adornadas con flores, fotografías y figuras de barro. Esta tradición se celebra hasta el amanecer, como un ritual que une a generaciones en torno a la memoria.
En este escenario, Irma Medina Martínez cuida una de las tumbas más elaboradas, la de su familia, donde ha dispuesto figuras que recrean una boda, simbolizando el afecto y la unión familiar. “He juntado las figuras a lo largo de los años”, explica Irma, quien se prepara para esta fecha importante limpiando y adornando la tumba. En su ritual, el silencio acompaña la espera de otros familiares, quienes llegan a compartir recuerdos y anécdotas de aquellos que ya no están.
Cerca de su posición, Catalino Córdova, de 79 años, recuerda su infancia junto a su abuela, quien lo traía a velar a sus bisabuelos. La tumba de su abuela Luisa, conocida localmente como “La Catrina”, destaca por el cuidado de sus flores y la presencia de dos perros xoloitzcuintles tallados en madera, considerados guías hacia el inframundo en la cultura mexicana.
Mientras las familias realizan sus vigilias, grupos de turistas con guías se mueven por el panteón, buscando comprender la profundidad y significado de esta tradición. “Antes era algo más íntimo, pero no me molesta. Está bien compartir nuestras costumbres,” comenta Catalino, reflejando un equilibrio entre la celebración y la privacidad de la conmemoración.
Desde la capilla de San Sebastián, los ecos de cantos fúnebres en latín resuenan, interpretados por jóvenes que evocan la representación de Semana Santa. En un rincón del panteón, Xóchitl Cruz cuida la tumba de su abuelo Pastor Matías, un músico que fue parte de la banda municipal. En su homenaje, ha dispuesto una representación de una banda de viento, recordando su amor por la música y el baile. Cada año, Xóchitl llega puntual para limpiar y decorar, llevando una vela encendida de vuelta a casa como guía en el camino de su ser querido.
Mientras los habitantes de Xoxocotlán rinden homenaje a sus difuntos, la banda de viento municipal inunda el ambiente con sones tradicionales, creando una sinfonía que se mezcla con las conversaciones de quienes participan en esta singular velada. Así, se mantiene viva no solo la memoria de los que han partido, sino también el espíritu de una comunidad que celebra su identidad y cultura a través de un rito que trasciende el tiempo.
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