Estados Unidos sigue firme en su posición como potencia mundial, y con la nueva administración de Donald Trump, el escenario internacional está viendo cómo se reconfigura el mapa geopolítico. Aún es temprano para saber si estos cambios tendrán efectos positivos o negativos a largo plazo, pero lo cierto es que las decisiones que se toman desde Washington siguen teniendo un impacto directo en el resto del planeta. Ya sea en términos económicos, diplomáticos o ambientales, la influencia de EE. UU. se mantiene intacta, y el mundo no deja de mirar hacia allá.
En este nuevo capítulo, la rivalidad con China ha cobrado aún más fuerza. La competencia es feroz y parece que ambos países están dispuestos a agotar todas sus opciones para asegurarse la supremacía global, incluso recurriendo a métodos que muchos consideraban superados.
Una de las decisiones más polémicas de Trump ha sido su apuesta por el carbón. Mientras gran parte del mundo avanza hacia una transición energética más limpia, el presidente estadounidense ha decidido dar un paso atrás y revivir una industria altamente contaminante. A pesar de los avances tecnológicos que permiten quemar carbón de forma menos dañina que en el pasado, sigue siendo una de las fuentes que más gases de efecto invernadero emite. Y más allá del daño ambiental, también está el tema económico: generar un megavatio con carbón cuesta cerca de $90, una cifra muy superior a los $23 que se estiman para la energía solar hacia 2028.
Este giro sorprende, sobre todo considerando que en 2023 solo el 16% de la electricidad en EE. UU. provenía del carbón. Actualmente, la matriz energética del país depende principalmente del gas natural (43%), seguido de la energía nuclear y las fuentes renovables como la solar y la eólica. Reforzar el uso del carbón parece una jugada contracorriente, justo cuando el mundo se inclina hacia alternativas más sostenibles.
Pero Estados Unidos no está solo en esta paradoja. China, su gran rival en el escenario internacional, también ha estado expandiendo su infraestructura basada en carbón. Está construyendo plantas que producirán unos 94.5 GW de electricidad mediante esta fuente fósil, mientras mantiene el liderazgo en el uso de energías renovables, con una capacidad combinada (solar y eólica) que ronda los 365 GW. A esto se suma una producción masiva de carbón que en 2024 alcanzó los 4800 millones de toneladas.
Ambas potencias están atrapadas en una contradicción: promueven energías verdes, pero al mismo tiempo no dejan de apostar por el carbón. La carrera por dominar el futuro energético se está librando en dos frentes opuestos, y aunque parezca contradictorio, ninguno está dispuesto a ceder terreno. Mientras tanto, el resto del mundo observa cómo esta competencia entre gigantes se traduce en avances tecnológicos, pero también en retrocesos ambientales con repercusiones globales.
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