La guerra global contra el terrorismo ha dado mucho de sí. Lo saben los disidentes y lo que queda de las minorías perseguidas en países como Rusia, China o Arabia Saudí tras la declaración de guerra entre los imperios del bien y del mal, cuando los amigos y aliados más o menos circunstanciales de Washington pudieron incluir en el eje del terror a quienes les convenía.

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Las revelaciones han conmocionado a la diplomacia internacional. Nuevamente, una empresa privada exhibe un poder que escapa a todo control y para postre permite a Israel, el Estado que la protege, utilizarla como arma diplomática. El diario israelí Haaretz ha levantado el mapa de los países privilegiados por Pegasus y resulta que corresponde exactamente a los viajes de Netanyahu.
Entre los árabes destacan Marruecos, Emiratos, Bahréin y Arabia Saudí, los implicados en los famosos Pactos Abraham, patrocinados por Trump en los últimos meses de su presidencia. En Europa destaca Hungría, México en América, Azerbaiyán en Asia central e India en Asia meridional.
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El escándalo obligará a muchas explicaciones. Se las debe Hungría a la Unión Europea. También Marruecos a Francia. Pero el Gobierno con mayores responsabilidades es el de Israel. Es una pesada ironía de la historia que sean sus empresas de seguridad, generadas por su próspero complejo de espionaje militar y protegidas por sus Gobiernos, las que vayan sembrando por el mundo las semillas con las que los totalitarios quieren destruir las democracias.


