En cualquier elección, que sepan que existes ayuda a que te voten. Esto, que parece una banalidad, es más cierto en algunos países que en otros. Allá donde los partidos políticos son fuertes, estables, de larga tradición se puede sustituir la necesidad de fama del candidato por la marca de la formación a la que pertenece. Pero si los partidos son débiles, volátiles y sujetos a la incertidumbre, el grado de conocimiento del candidato es crucial.
Esto es lo que sucede de cara a las elecciones presidenciales colombianas: ahora mismo, las encuestas de intención de voto son apenas un indicador de popularidad en su versión más mínima. El que las encabeza todas, el izquierdista Gustavo Petro, es también el candidato con menos “no sé/no creo” en los sondeos que preguntan por la opinión sobre cada uno de los candidatos.
Petro fue el candidato derrotado en la segunda vuelta de 2018, y lleva cuatro años haciendo campaña día a día. Montar una nueva versión de la coalición de formaciones que lo aúpa ha sido parte de dicha campaña: la configuración de partidos se vuelve así más una manera de distribuir poder desde arriba y mantener parte del foco mediático que en un ejercicio de construcción de corrientes ideológicas.
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La falta de confianza en los partidos de los colombianos (dos terceras partes de la ciudadanía confía poco o nada en ellos) es causa, pero también consecuencia, de esta dinámica.
Todas han operado y siguen operando hoy como sistemas para repartir poder y acaparar atención, ciertamente, pero la del Pacto Histórico es la única en la que el candidato está nítidamente definido desde el principio. Ninguno pone seriamente en duda la victoria de Gustavo Petro en la consulta de marzo. De hecho, alguno de sus rivales ha admitido abiertamente que su único objetivo es quedar segundo para ser su fórmula vicepresidencial.
En el centro, el proceso está algo más abierto. Sergio Fajardo lo domina, pero de manera mucho menos nítida que Petro. En la primera vuelta de 2018 la batalla más enconada fue precisamente entre estos dos candidatos por obtener plaza en segunda vuelta. Acabaría ganando el izquierdista, lo cual le supuso a Fajardo una doble fragilidad que ahora sufre.
Las cámaras y altavoces se centraron en Petro, como es natural al demostrar su capacidad de alcanzar 42% de los votos en segunda vuelta. Mientras, Fajardo ha perdido aprobación, pero (como se aprecia en el gráfico que también incluye la métrica de desaprobación) más porque ha aumentado la gente que no tiene opinión definida sobre él. Petro, en contraste, sigue siendo una figura más polarizante, pero sin duda con mayor protagonismo.
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