A simple vista, el panorama en una gasolinera de Naucalpan, Estado de México, podría parecer inalterado. América Sosa, de 32 años, aguarda en su puesto, conocido como “el hueso”, mientras observa el tráfico. Con un tono de humor, comparte que a veces se sientan en un par de sillas viejas, “a escondidas del supervisor”. El gerente también se ríe al mencionar que no tiene poder para mejorar las condiciones de trabajo, ya que eso depende de la supervisión superior. Esto refleja una resistencia a la adaptación a la nueva realidad laboral.
Desde junio de 2025, la Ley Silla está en vigor en Ciudad de México, garantizando el derecho al descanso para los trabajadores que laboran de pie. Esta legislación obliga a los empleadores a proporcionar asientos adecuados y a ajustar el Reglamento Interior de Trabajo conforme a las necesidades de sus empleados. Las sanciones por incumplimiento pueden llegar a ser severas, con multas que alcanzan hasta 567,700 pesos, equivalentes a casi 31,500 dólares.
En efecto, algunas empresas comenzaron a aplicar la ley antes de su implementación oficial. Un gerente de Comercial Mexicana en Ciudad Satélite menciona que ya estaban probando diferentes sillas para asegurarse de que fueran cómodas y prácticas para los empleados. Arely Ramírez, trabajando en la misma cadena desde 2022, afirma que su tienda no ha experimentado cambios porque ya contaban con asientos adecuados y condiciones flexibles.
Sin embargo, no todos los trabajadores corren con la misma suerte. Los guardias de seguridad en la plaza donde Arely trabaja expresan que la situación es complicada; a pesar de que hay mesas para los clientes, ellos no tienen acceso a sillas apropiadas y deben permanecer de pie durante largas horas. Esto plantea una duda inquietante sobre la aplicación uniforme de la ley, cuya intención es mejorar las condiciones laborales.
La situación en importantes tiendas de Ciudad de México revela que, aunque las sillas están disponibles, estas a menudo no son para los empleados. Marta, quien trabaja en Liverpool, menciona que el espacio destinado para el descanso no es práctico, ya que se encuentra apartado de la atención al cliente. Marco, otro empleado, señala que las bodegas son su única opción para descansar, lo que no favorece el desempeño en ventas.
En el Palacio de Hierro, la queja es similar: las trabajadoras, con un tiempo de descanso limitado, prefieren no usar las instalaciones designadas, argumentando que interfiere con su labor de ventas. Todo esto pone de manifiesto un patrón preocupante en torno a la implementación de políticas laborales que deberían servir para mejorar la calidad de vida de los trabajadores.
Estas experiencias apuntan a una realidad en la que la Ley Silla puede no estar siendo aplicada de manera efectiva en todos los sectores. Mientras algunos han encontrado un camino hacia la mejora de sus condiciones laborales, otros continúan atrapados en un ciclo de trabajo incansable, esperando que se reconozcan sus derechos fundamentales en el ámbito laboral.
A medida que se avanza en la búsqueda de mejores condiciones laborales, será crucial seguir de cerca la evolución de esta legislación y su impacto real en la vida de los trabajadores en diversas industrias.
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