Jieun Choi intentaba dormir cuando alguien llamó a su puerta una noche de 2018. Era un agente de policía, que informó a esta joven surcoreana de que su equipo acababa de detener a un hombre que la había estado grabando por la ventana durante dos semanas desde el tejado de un edificio cercano. A medida que avanzó la investigación fueron surgiendo más datos. Jieun no había sido la única víctima. Otras siete mujeres aparecían en las grabaciones de aquel extraño.
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Subir las escaleras cuando se lleva puesta una minifalda, probarse ropa en un vestidor, ir a un baño público, caminar por la calle, estar en la intimidad de la habitación… En Corea del Sur, esta cotidianidad se ha convertido en motivo de ansiedad para muchas mujeres, quienes temen (como denunciaron casi 6.800 de ellas en 2018) ser víctimas del denominado fenómeno molka: ser grabadas con cámaras ilegales sin ser conscientes de ello.
“Aunque no se utilicen armas, es como un asesinato de la identidad o la mentalidad de una persona”, expresa una de las víctimas, en declaraciones que recoge la ONG Human Rights Watch (HRW) en su informe My Life is Not Your Porn: Digital Sex Crimes in South Korea (Mi vida no es tu porno: delitos sexuales digitales en Corea del Sur), sobre los traumas psicológicos y el estigma que enfrentan las mujeres damnificadas por estos crímenes, una forma más de violencia machista.


