Quienes hace 10 años observaron con cierta atención la entrada de Charlene (entonces todavía Wittstock) en el patio del palacio Grimaldi, en Montecarlo, caminando sobre una alfombra roja y bajo un inmenso toldo blanco, no vieron una novia que fuera la viva imagen de la felicidad. Ese 2 de julio de 2011 vieron a una mujer nerviosa, muy seria, emocionada hasta las lágrimas, solo sonriente al final de la ceremonia, con la cabeza gacha ante los ilustres invitados de familias reales, del arte, la moda o la música.
La sudafricana de 33 años se casaba con Alberto II, soberano de Mónaco, un estado de dos kilómetros cuadrados y entonces apenas 30.000 habitantes (hoy supera los 38.000) y que por su gesto parecía que iba a convertirse más en una cárcel dorada que en un hogar. Diez años después, las dudas persisten, pero Charlene ha encontrado su sitio. Aunque no siempre está en Mónaco.
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Con el tiempo, Charlene ha querido aprender a volar y ha conseguido hacerlo. Son los años los que dan la experiencia y esta década a ella le ha servido para conseguir hacer, sencillamente, lo que le ha dado la gana. Sus apariciones en Mónaco son escasas: el Baile de la Rosa, un torneo de tenis, la festividad de Santa Devota, el día del Principado, una gala benéfica. Tres, seis, ocho citas al año donde aparece del brazo de su esposo (tiene escasos actos en solitario), saluda, sonríe y se marcha. Los fotógrafos la acribillan y tienen material para unos cuantos meses en los que volverá a perderse. La última vez que se la vio en Montecarlo, de hecho, fue a finales de enero, por la fiesta de la patrona. Han pasado más de cinco meses.
Nada se sabe de la vida de la pareja. Mientras Alberto está dedicado al Comité Olímpico Internacional y muy especialmente al medio ambiente, Charlene pasa largas temporadas en Sudáfrica, con su familia y amigos, y en el continente africano en general, por cuya conservación vela; de hecho, tiene una fundación con su nombre dedicada a ello. Así lo deja ver en su perfil de Instagram, con casi 260.000 seguidores y donde sube fotos personales y privadas, lejos del protocolo oficial de las redes del Principado. Ha sido en él donde ha colgado un vídeo dándole las gracias a su esposo por esta década. El mensaje no habla de amor o de su relación: “Feliz aniversario, Alberto. Gracias por la bendición que son nuestros preciosos hijos”.
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La pareja tiene mellizos, Jacques y Gabriella, que en diciembre cumplirán siete años y que les han dado lo más importante: una sucesión al trono. Mónaco es un país con una realeza menor (de hecho, ni siquiera es realeza, porque no hay familia real, sino principesca), pero necesitaba asegurarse la continuidad. Y tener hijos no la da, sino que estos sean nacidos dentro del matrimonio y además bautizados en la fe católica. Alberto tiene al menos otros dos vástagos, ya reconocidos: Jazmin Grace Grimaldi, de 29 años, fruto de una relación esporádica con la estadounidense Tamara Rotolo; y Alexandre Grimaldi-Coste, de 18 años y tras otra relación, esta vez de seis años, con la azafata togolesa de Air France Nicole Coste. Hace un año, una mujer brasileña afirmó que tenía una hija de 15 años con él y que le demandaría, pero por el momento la reclamación no ha llegado a puerto.
Cuando Alberto se casó ya conocía a esos niños, pero necesitaba un heredero. Y Charlene logró dárselo; de hecho, dos. Los niños nacieron a finales de 2014, más de tres años después de una boda que siempre estuvo bajo sospecha. Dos medios franceses, L’Express y Le Figaro, llegaron a afirmar que la novia había querido huir hasta en tres ocasiones y que a la tercera, horas antes de la boda y desde el aeropuerto de Niza, casi lo consigue.


