El nombramiento de Omar García Harfuch como secretario de Seguridad ha marcado un cambio significativo en la política de seguridad en México, especialmente tras el abandono de la controversial estrategia de “abrazos, no balazos” que implementó el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Esta estrategia, que muchos argumentan que permitió el crecimiento de las redes criminales y un control territorial cada vez más sólido por parte del crimen organizado, ahora parece ser más un asunto del pasado que del presente.
La creciente presión internacional, particularmente de Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump, ha colocado a la actual administración de Claudia Sheinbaum en una encrucijada. Mientras que un enfoque de confrontación podría ser considerado un avance respecto a su predecesor, su eficacia es cuestionable si no se abordan las redes de complicidad que sustentan la actividad criminal en el país.
Trump ha intensificado el escrutinio sobre México, especialmente en lo que respecta al combate al fentanilo, lo que ha llevado a una reevaluación de las prioridades de seguridad en el país. Con el trasfondo de una crisis por el opioide, se ha hecho evidente que cualquier falta de postura contundente podría traducirse en una falta de aceptación. La retórica de la administración estadounidense ha ido más allá de las simples advertencias, insinuando que, si México no puede manejar la situación por sí solo, se verá obligado a aceptar una intervención.
La compleja relación entre el crimen organizado y la política no es un fenómeno exclusivo de un partido; sin embargo, el desgaste de la confianza ciudadana es palpable. La focalización en el partido en el poder, Morena, subraya la expectativa de resultados concretos en un contexto donde la eficacia es cada vez más demandada. Las elecciones estadounidenses están a la vuelta de la esquina, y con ello, la urgencia de demostrar que la situación está bajo control.
En este panorama, es crucial que la estrategia del gobierno mexicano no solo se base en una postura más dura contra los cárteles, sino que también incluya un compromiso genuino para erradicar la corrupción que ha permitido que estas organizaciones prosperen. La necesidad de resultados contundentes y la aceptación de ayuda de Estados Unidos se han convertido en una realidad innegable. Así, la capacidad de la administración actual para manejar esta crisis será puesta a prueba, no solo por el desarrollo interno, sino también por la presión externa que ha alcanzado niveles sin precedentes en tiempos recientes.
El tiempo de simulaciones ha quedado atrás; ahora se exige una serie de acciones claras y efectivas que garanticen la seguridad de los ciudadanos y la estabilidad del país en un contexto global que no permite márgenes de error.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.
Datos basados en información reportada originalmente por elpais.com.






Deja un comentario