En medio de un aumento alarmante de las olas de calor, Francisco Estrada Porrúa, coordinador del Programa de Investigación en Cambio Climático de la Universidad Nacional Autónoma de México, hace eco de una alarmante realidad: “El país se calienta más rápido que el resto del planeta”. Sus declaraciones, respaldadas por una serie de datos y gráficas, subrayan la necesidad urgente de un cambio en nuestra percepción y respuesta ante el calentamiento global.
Las metas climáticas globales, establecidas en el Acuerdo de París en 2015, se centran en no sobrepasar un aumento de 1,5ºC en la temperatura global respecto a los niveles preindustriales antes de 2100. Sin embargo, la reciente actualización señala que en 2024, esta temperatura ya se había elevado a 1,55ºC, graduando el impacto ya anticipado a un escenario de crisis climática inminente. “Esto es devastador; pensábamos que teníamos un siglo para adaptarnos, y ahora nos damos cuenta de que el tiempo se ha reducido drásticamente”, señala Estrada Porrúa.
El calentamiento no es un fenómeno aislado. Se está acelerando significativamente, pasando de un aumento de 2ºC por siglo a 3,5ºC, con proyecciones de alcanzar los 2ºC para 2040. Para México, los indicios apuntan a una tasa aún más elevada: de 3,4ºC a hasta 5,5ºC por siglo desde 2012. Este ritmo frenético genera no solo un sentido de urgencia, sino también serias implicaciones para el país, donde se prevén pérdidas significativas en productividad laboral, biodiversidad y una agudización de problemas como la escasez de agua.
La cantidad de cambios que podrían ocurrir es alarmante. Estrada Porrúa destaca que eventos extremos como sequías y lluvias inusuales podrían multiplicarse por cinco, lo que generaría un impacto económico equivalente a perder seis veces el Producto Interior Bruto actual para el siglo, con proyecciones de que los impactos acumulados en el presente sexenio podrían variar entre un 5% a un 35%.
El último año fue el más cálido registrado, y en 2025, la temperatura en México promedió 1,88ºC sobre la base preindustrial, en comparación con el aumento global de 1,5ºC. El país se encuentra entre los 35% de naciones con mayores tasas de calentamiento, lo que indica que los umbrales de riesgo se alcanzarán más rápidamente que en otras partes del mundo.
A pesar de la gravedad de la situación, Estrada Porrúa mantiene que, si bien el clima global parece estar en una trayectoria de desastre, existe una oportunidad de cambiar esta narrativa. Recuerda que, en el pasado, acciones coordinadas han tenido un impacto positivo en la reducción de emisiones. “La influencia que tenemos sobre el clima es mayor de lo que a menudo creemos”, afirma.
Es fundamental que el enfoque no solo se limite a alcanzar emisiones netas cero; se trata de adoptar un nuevo paradigma que considere los daños netos cero. Esta estrategia buscaría garantizar la salud de los ecosistemas y de las personas, abriendo un abanico de opciones que incluyen mitigación, adaptación y compensación. Un compromiso con la educación, la gestión sostenible de los recursos hídricos y la urbanización eficiente puede ser clave para preparar a la población ante el desafío climático.
En conclusión, mientras México enfrenta un calentamiento sin precedentes, la respuesta debe ser un esfuerzo colectivo que integre acciones a nivel individual, comunitario y gubernamental, reconociendo la interconexión entre el bienestar humano y la salud del planeta.
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