En Caracas se vive entre pistolas. Están en un concierto, en un bar, en los cada vez más numerosos escoltas que entran a hacer una compra cotidiana al supermercado, esperan en la puerta de un restaurante o van a buscar a los hijos de su cliente al colegio. Están en el cinto de cualquier motorista que ya ni siquiera se preocupa por cubrir su arma con una chamarra. También están dibujadas en los letreros que por ley debe haber en cada centro comercial, bar, tienda, hospital o sitio público indicando la prohibición del ingreso con armas, una disposición de la Ley del Desarme que cumple ya 10 años, se implementó a medias y en algunos de sus aspectos está en notable desuso.
De las pistolas a la cotidianeidad
“Hay un problema con el exceso de la presencia de armas de fuego en la vida cotidiana en Venezuela”, señala la socióloga Verónica Zubillaga, quien ha investigado el tema y ubica en uno de los puntos de mayor conflictividad política del chavismo el origen de esta tendencia. Este mes se cumplen 20 años del golpe de Estado contra Hugo Chávez, el 11 de abril de 2002 en el que se vieron pistoleros civiles disparando en pleno centro de la ciudad, el momento en que la revolución bolivariana mostró los dientes por primera vez.
“Al año siguiente, cuando conmemoró su regreso al poder, Chávez comienza a hablar de que haría una revolución pacífica, pero armada, y lo repitió al menos 14 veces durante su Gobierno. Esto marca en el discurso el retorno de las armas a la vida política, cuando comienzas a ver tu adversario como un enemigo y las relaciones se dan en términos de antagonismo”.
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