Un siglo después de su publicación, El gran Gatsby sigue brillando con esa mezcla enigmática de belleza y tragedia que la convirtió en una de las grandes novelas estadounidenses. Francis Scott Fitzgerald lo dijo claro al editor Maxwell Perkins cuando comenzó a escribirla: quería hacer algo nuevo, extraordinario, hermoso y sencillo, pero con patrones intrincados. Y lo logró.
Publicada el 10 de abril de 1925, la historia de Gatsby no sólo ha sobrevivido al tiempo, sino que se ha convertido en símbolo y crítica de todo un país. Situada en 1922, en Long Island, cerca de la vibrante Nueva York de los años veinte, la novela se desliza entre fiestas, jazz y excesos. Pero en el fondo no es la historia de una época, sino de una obsesión: la de Jay Gatsby, un millonario de origen incierto que construyó su fortuna y su mansión para mirar desde lejos a Daisy Buchanan, la mujer que ama y que vive justo al otro lado de la bahía.
El centenario no ha pasado desapercibido. La Universidad de Cambridge publicó una edición especial con comentarios de James L. W. West III y Sarah Churchwell. Esta última afirma que, más allá de su fama y su estética impecable, Gatsby es una novela sobre la aspiración como medida del alma. Su belleza es evidente, dice, pero sus patrones profundos pueden perderse bajo un siglo de interpretaciones y clichés.
Y es que El gran Gatsby ha sido llamada la gran novela americana no sólo por su lirismo ni por sus personajes inolvidables, sino porque condensa el anhelo, la falsedad y la nostalgia de un país que soñó con lo imposible. Deseos ilícitos, ilusiones rotas, un sueño que se escapa entre las manos, todo narrado con una prosa tan precisa como melancólica.
Fitzgerald tenía apenas 28 años cuando la publicó. Nacido en Minnesota en 1896, había mostrado desde pequeño una inclinación natural hacia la escritura. Su paso por Princeton y el ejército lo llevó a conocer a Zelda, su musa, su tormento y su esposa. Su debut, A este lado del paraíso, lo lanzó al estrellato, y luego vinieron Hermosos y malditos, Suave es la noche y esta joya de Gatsby, que, curiosamente, pasó casi desapercibida en su primer año.
La vida no le dio muchas más oportunidades. Murió joven, a los 44 años, en Hollywood, desgastado por el alcohol y la decepción. Pero su obra quedó. Gatsby dio paso a películas, obras de teatro, una ópera, videojuegos, ballets. Ha sido releída por generaciones de estudiantes y críticos, y celebrada por escritores contemporáneos.
En este centenario, la Sociedad F. Scott Fitzgerald organizó una lectura en voz alta por capítulos, cada semana, desde el 13 de febrero. El primer episodio fue leído por Jonathan Franzen, y hoy, Gish Jen y Alice McDermott cierran el ciclo con el último capítulo. Para quienes lo deseen, todos los videos están disponibles en la página de la sociedad.
En el Reino Unido, Sarah Churchwell reflexiona sobre lo que representó escribir esta novela: un acto de liberación creativa, una manera de llevar el lenguaje a un lugar deslumbrante. Gatsby, dice, reconfigura la idea del arte como vehículo de trascendencia, y al mismo tiempo devuelve la cuestión moral al centro de la narrativa estadounidense.
Para Churchwell, el gran pecado que denuncia la novela es la negligencia. Fitzgerald convierte una fábula en un réquiem por el sueño americano: una nación que dejó atrás sus ideales para abrazar la ilusión del éxito material. Un país que cambió el asombro por la codicia.
Hoy, Gatsby cumple cien años, y sigue ahí: hermoso, triste, inmortal. Como un faro verde que nunca deja de parpadear al otro lado de la bahía.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


