Un estudio de 1997 publicado en Nature mostró que el daño que causa a la actividad intelectual de una persona el estar sin dormir 17 horas seguidas es equivalente al que muestran quienes tienen en sangre una concentración de alcohol del 0,05 %. Muchos estudiantes universitarios administran sus horas de estudio durmiendo poco de lunes a viernes y tratando de recuperar el sueño perdido durante el fin de semana, generalmente tras algunas horas de ocio nocturno y consumo de alcohol con los amigos. Es el llamado “jet lag social”, que se incrementa inevitablemente en nuestro país cuando las cálidas noches de verano también invitan a irse a dormir más tarde de lo habitual.
Además de su carácter profiláctico y reparador, entre las funciones del sueño prevalecen la formación de memorias duraderas y la estructuración de los contenidos de la mente. De manera congruente con esas funciones, la neurociencia ha puesto de manifiesto que durante el sueño tiende a reproducirse la actividad cerebral que origina el aprendizaje reforzando las conexiones entre las neuronas que lo hacen posible. La cuestión es si se mantienen esas funciones y su eficacia cuando las horas habituales y la calidad del sueño se alteran por hábitos como el “jet lag social” o el consumo de alcohol. ¿Cómo debe ser el sueño para que efectivamente facilite el rendimiento académico?
Para obtener un mejor rendimiento en una prueba o examen no bastaba con dormir bien la noche anterior al mismo, sino haber dormido cada día lo suficiente y con calidad durante todo el semestre académico
Para tratar de descubrirlo un equipo de neurocientíficos del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en EE UU se propuso rastrear el sueño de 88 estudiantes universitarios (45 eran mujeres) durante un completo semestre académico. Para estimar permanentemente la duración y la calidad del sueño de manera objetiva y ecológica, es decir, sin alterar la vida normal de los estudiantes, los investigadores usaron Fitbit, un rastreador comercial que registra el movimiento y los patrones de actividad cardíaca y respiratoria del usuario. Pruebas previas en adultos habían mostrado que el análisis algorítmico de esos registros evalúa con eficacia la duración, calidad y consistencia del sueño en personas adultas.
Tal como se esperaba, los resultados mostraron que a más sueño y de más calidad, mejor rendimiento académico en general de los estudiantes. Pero lo más novedoso fue constatar que para obtener un mejor rendimiento en una prueba o examen no bastaba con dormir bien la noche anterior al mismo, sino haber dormido cada día lo suficiente y con calidad durante todo el semestre académico, es decir, durante todo el tiempo de aprendizaje. Esos resultados dejan claro que para formar memorias consistentes y duraderas lo importante es combinar las sesiones de aprendizaje durante todo el periodo de instrucción con un programa diario de cantidad y calidad suficiente de sueño, algo a lo que se oponen las alteraciones en ese programa que pueden originar ciertos comportamientos y actividades sociales propias de muchos universitarios. Lo observado en el experimento del MIT es de pura lógica si lo que hace el sueño, como sabemos, es ir reforzando los conocimientos diariamente adquiridos integrándolos en los esquemas mentales que ya están almacenados en el cerebro y la mente del estudiante.

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