El pasado martes, la plaza de Bilbao fue escenario de un evento que dejó mucho que desear para los aficionados al toreo. A pesar de la evocadora expectativa inicial, tanto el toreo asentado como la esperada bravura de los toros brillaron por su ausencia, evidenciando una jornada marcada por una alineación problemática entre parte del público y los ejemplares de Dolores Aguirre.
Los aficionados que respaldaron a esta divisa, de propietarios bilbaínos, se mostraron entusiastas, buscando en los toros una casta que, desafortunadamente, no se tradujo en la realidad de sus actuaciones. En su lugar, se percibió una alarmante falta de raza en los animales, con comportamientos que variaron desde un temperamento engañoso hasta el descastamiento evidente de varios de ellos, que se negaron a combatir, llegando incluso a caer varias veces antes de la estocada final.
El veterano diestro Antonio Ferrera, actuando como director de lidia, intentó manejar la situación de la mejor manera posible. Su manejo del primer toro, que mostró una movilidad desclasada, fue notable; sin embargo, el animal se desfondó rápidamente, obligando a Ferrera a aplicar sus recursos con precisión. El quinto toro, marcado por su flojedad, no ofreció mayor resistencia, cayendo y echándose varias veces en el último tercio; su actuación resultó en pitos para Ferrera, algo que parece injustificado dada la falta de juego del toro.
En contraste, Damián Castaño, su rival en este desairado mano a mano, contó con el apoyo de esa misma parte del público. Su intento de “lucir” a los toros según las expectativas de los exaltados aficionados no dio los frutos esperados. Aunque logró momentos emotivos con el segundo toro, que mostró un simpático temperamento al inicio, finalmente cayó en la decepción cuando el animal comenzó a rechazar la lidia. A pesar de esto, y tras un esfuerzo inútil por parte de Castaño, la ovación de los partidarios y su posterior vuelta al ruedo se sintieron más como un acto de deuda hacia la tradición que como un reconocimiento a su auténtico desempeño.
En cuanto a los ejemplares de Dolores Aguirre, la variación en sus hechuras y comportamientos fue notable; la mayoría de los toros se mostró manso y descastado, con algunos incluso careciendo de fuerzas. Este evento fue el segundo de las Corridas Generales, con una entrada de más de 4,000 espectadores, que, a pesar de la emoción inicial, se retiraron decepcionados ante la falta de bravura y sustancia en los astados.
La jornada culminó con una relevancia cuestionable: Antonio Ferrera se fue con ovaciones y pitos que reflejan más un descontento colectivo que un verdadero reconocimiento a una actuación destacada. Mientras tanto, Damián Castaño, a pesar de su esfuerzo visible, se llevó una vuelta al ruedo que no pareciera estar respaldada por el verdadero sentir del público. En definitiva, una jornada que, lejos de captar la esencia del toreo, dejó un vacío que los aficionados esperaban no volver a experimentar.
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Datos basados en información reportada originalmente por elpais.com.






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