El presidente, Xi Jinping, quien asumió personalmente el liderazgo de la “batalla del pueblo contra el virus”, aún no se ha pronunciado públicamente sobre el replanteamiento.
Pekín ha reculado asegurando que su lucha contra el virus se encuentra “en una nueva etapa”, contradiciendo los argumentos por los que, desde marzo, gran parte de sus 1.400 millones de habitantes ha visto su vida dominada por los confinamientos, las pruebas PCR y el escrutinio absoluto de su rutina diaria. La mano dura con la que se aplicaron las medidas anticovid permitió a China registrar cifras ínfimas de contagios y decesos en los dos primeros años de pandemia (oficialmente solo han muerto 5.241 personas), pero la detección de los primeros casos de ómicron en enero de 2022 puso en jaque ese blindaje contra el coronavirus.
Y mientras el Gobierno respondía con contundencia en primavera al progresivo aumento de las infecciones, los medios estatales reforzaban el discurso de que la estrategia de covid cero era “la mayor prueba de superioridad del sistema chino”, en detrimento del occidental. La hemeroteca del diario nacionalista Global Times deja frases como que “abandonar la lucha contra la covid-19 y dejar que se propague libremente sería una traición a toda la humanidad” y que “la falacia de que ómicron es poco más que una gripe es un engaño para debilitar la aceptación de la estrategia de covid cero entre los chinos”.
Ahora, analistas próximos al Gobierno, incluido el exdirector de Global Times, el polémico Hu Xijin, han pasado de defender a capa y espada las férreas medidas a minimizar los riesgos del virus e, incluso, a contar en redes cómo están pasando la enfermedad. Zhong Nanshan, respetado epidemiólogo y principal voz pública durante los inicios de la pandemia, sugirió la semana pasada que la ómicron debería llamarse “resfriado por coronavirus”. El viraje resulta especialmente sorprendente si se tiene en cuenta que, en mayo, cuando el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Gebreyesus, apuntó que la política de covid cero no era sostenible con una variante tan contagiosa, sus declaraciones fueron censuradas de inmediato.
Días antes, Xi Jinping había advertido de que relajar las medidas sería devastador y conduciría “inevitablemente” a “un gran número de enfermedades graves y muertes” y exhortado a “luchar resueltamente contra quienes distorsionen, cuestionen o reten las políticas de prevención”. La legitimidad que ha ganado el líder chino como “comandante en jefe” de “la batalla contra el virus” ―en marzo la prensa oficialista aseguró que él mismo ideó la estrategia de covid cero― le valió para revalidar en octubre un tercer mandato como secretario general del Partido Comunista, un hecho inédito entre sus predecesores y que le confiere un poder sin precedentes desde la época de Mao Zedong.
“Al lanzar una guerra popular sin cuartel para detener la propagación del virus, hemos protegido al máximo la salud y la seguridad de la población y hemos conseguido logros tremendamente alentadores tanto en la respuesta a la epidemia como en el desarrollo económico y social”, aseveró Xi ante el XX Congreso del Partido.
La última vez que el presidente chino fue citado comandando la lucha contra la covid fue el 10 de noviembre, cuando se comprometió a implementar “inquebrantablemente” la estrategia de covid cero, pero minimizando su impacto en la economía y la sociedad. Aunque Pekín emitió al día siguiente 20 directrices para “optimizar” los protocolos, los gobiernos locales continuaron tomándose la justicia por su mano a la hora de imponer confinamientos, por miedo a que una flexibilización excesiva provocase un aumento aún mayor y a más velocidad de los contagios. Esos férreos controles prendieron la llama de las mayores protestas sociales en la era de Xi, las cuales, según los analistas, aceleraron el carpetazo a la covid cero.
La nota precedente contiene información del siguiente origen y de nuestra área de redacción.


