El caso de Perú con Pedro Castillo, virtual presidente, y Keiko Fujimori, resulta demoledor. Una población después de cinco cambios sucesivos de presidentes en menos de dos años eligió entre la ignorancia folclórica.
Es cierto que ese triunfo venido de las regiones en una nación centralista, en nombre del Perú Libre. Puede ser interpretado como la venganza de los excluidos. Pero esa lectura simplista es aún más preocupante.
La marginalidad y la injusticia no pueden premiar la falta de coherencia y de preparación. La preocupación de las élites peruanas no creo que sea solo de las élites.
Es de cualquier ciudadano pensante que escuche a su gobernante no distinguir entre un monopolio y una empresa o desconocer el sistema de tributación igualitaria que reclama y menos aún que desde la izquierda se nieguen los derechos de las mujeres.
Pedro Castillo puede ser, según los conocedores, el títere de Vladimir Cerrón, exgobernador condenado por corrupción, pero es quien por lo menos hasta este momento gobernará para acabar con la democracia peruana. Y quienes votaron por él pensando “es como yo”, se equivocan: no es ni debe ser como usted. Debería inspirarlo a usted, debería respetarlo a usted, no usarlo a usted, porque el hecho de que entienda la necesidad y las costumbres de su mesa en familia, ha llegado a ella para hacer política, populismo del más descarado. Si realmente fuera como los que dice que representa, no los habría usado en sus campañas publicitarias.


