Llevamos mucho tiempo luchando contra esta enfermedad. La mayoría de las personas solo experimentan síntomas leves, pero un pequeño porcentaje puede desarrollar complicaciones mortales que requieren hospitalización y cuidados intensivos. Además de eso, cuando los casos aumentan, pueden sobrecargar rápidamente nuestro sistema de salud. Así, las salas de urgencias se ven repentinamente inundadas de pacientes que ocupan todas las camas disponibles, y los gobiernos y las familias enfocan todos sus esfuerzos en responder.
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Pero no, no estamos hablando de covid-19. Estamos hablando de dengue, una enfermedad que ha asolado al continente americano durante generaciones, ignorando todos los esfuerzos realizados para detenerla.
El control del mosquito que transmite el dengue –el Aedes aegypti– ha sido un objetivo difícil de alcanzar, pues este depredador se ha vuelto resistente a los pesticidas y los esfuerzos para controlar los criaderos de mosquitos son costosos y requieren constantes campañas de comunicación. Tampoco hemos tenido una forma fiable de prevenir el dengue porque las preocupaciones de seguridad han limitado la introducción masiva de vacunas.
Como resultado, el dengue se ha extendido sin control por el continente americano desde la década de 1980. Los casos se han multiplicado por 20 en estos años, nuestra región registra ahora cerca de tres millones de casos anuales y los investigadores creen que la carga real de casos es mucho mayor.
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Por suerte, la ciencia nos ha dado una nueva y poderosa herramienta para cambiar el rumbo de esta enfermedad. Se llama Wolbachia. Se trata de un microbio simple que se encuentra de forma natural en las células de cerca del 60% de las especies de insectos, como las moscas de la fruta, las polillas, las abejas y las mariposas. Lo que lo convierte en un milagro médico es que, cuando se transfiere al Aedes aegypti, evita eficazmente que el mosquito transmita virus a los humanos. En otras palabras, actúa como una vacuna contra toda una serie de enfermedades transmitidas por mosquitos –como el dengue, el zika, el chikungunya y la fiebre amarilla–; la diferencia es que son los mosquitos los que se inmunizan contra estos peligrosos virus, no las personas.


